17 agosto 2009

"Lo que queda de Auschwitz"

"Uno de los equívocos más comunes -y no sólo en lo que se refiere a los campos- es la tácita confusión de categorías éticas y de categorías jurídicas (o, peor aún, de categorías jurídicas y categorías teológicas: la nueva teodicea). Casi todas las categorías de que nos servimos en materia de moral o de religión están contaminadas de una u otra forma por el derecho: culpa, responsabilidad, inocencia, juicio, absolución... Por eso es difícil utilizarlas si no es con especial cautela. La realidad es que, como los juristas saben perfectamente, el derecho no tiende en última instancia al establecimiento de la justicia. Tampoco al de la verdad. Tiende exclusivamente a la celebración del juicio, con independencia de la verdad o de la justicia. Es algo que queda probado más allá de toda duda por la fuerza de cosa juzgada que se aplica también a una sentencia injusta. La producción de la res judicata, merced a la cual lo verdadero y lo justo son sustituidos por la sentencia, vale como verdad aunque sea a costa de su falsedad e injusticia, es el fin úl-timo del derecho. En esta criatura híbrida, de la que no es posible decir si es hecho o norma, el derecho se aquieta: no le es posible ir más allá.
En 1983, el editor Einaudi solicitó a Primo Levi que tradujera El proceso de Kafka. Sobre esta obra se han ofrecido infinitas interpretaciones, que acentúan su carácter profético político (la burocracia moderna como mal absoluto) o teológico (el tribunal es el Dios oculto) o biográfico (la condena es la enfermedad por la que Kafka se sentía afectado). Pocas veces se ha hecho notar que este libro, en el que la ley se presenta exclusivamente en la forma del proceso, contiene una intuición profunda sobre la naturaleza del derecho, que no es aquí tanto norma según la opinión común- cuanto juicio y, en consecuencia, proceso. Pero si la esencia de la ley de toda ley es el proceso, si todo el derecho (y la moral que queda contaminada por él) es sólo derecho (y moral) procesal, ejecución y transgresión, inocencia y culpabilidad, obediencia y desobediencia se confunden y pierden importancia. “El tribunal no quiere nada de ti. Te recibe cuando vienes y te despide cuando te vas”. El fin último de la norma es la producción del juicio; pero éste no se propone ni castigar ni premiar, ni hacer justicia ni descubrir la verdad. El juicio es en sí mismo el fin y esto como se ha dicho- constituye su misterio, el misterio del proceso.
Una de las consecuencias que cabe extraer de esta naturaleza autorreferencial del juicio -y el que la ha extraído ha sido un gran jurista italiano- es que la pena no sigue al juicio, sino que éste es él mismo la pena (nullum judicium sine poena). "Se podría decir incluso que toda la pena está en el juicio, que la pena impuesta la prisión, el verdugo sólo interesa en la medida en que es, por decirlo así, una prolongación del juicio (piénsese en el término ‘ajusticiar’, giustiziare)" (Satta, p. 26). Pero lo anterior significa también que "la sentencia de absolución es la confesión de un error judicial", que "cualquiera es íntimamente inocente", pero que el único inocente verdadero "no es el que es absuelto, sino el que pasa por la vida sin juicio" (Ibid, p. 27)".

Giorgio Agamben
"Lo que queda de Auschwitz: el archivo y el testigo. Homo Sacer III"

16 agosto 2009

VI

"Articular históricamente el pasado no significa conocerlo 'como verdaderamente ha sido'. Significa apoderarse de un recuerdo tal como éste relampaguea en un instante de peligro. Al materialismo histórico le concierne aferrar una imagen del pasado tal como ésta le sobreviene de improviso al sujeto histórico en el instante del peligro. El peligro amenaza lo mismo al patrimonio de la tradición que ha quienes han de recibirlo. Para ambos es uno y el mismo: prestarse de herramienta a la clase dominante. En cada época ha de hacerse el intento de ganarle de nuevo la tradición al conformismo que está a punto de avasallarla. Pues el Mesías no viene sólo como redentor; viene como vencedor del Anticristo. Sólo tiene el don de encender en el pasado la chispa de la esperanza aquel historiador que esté traspasado por la idea de que tampoco los muertos estarán a salvo del enemigo cuando éste venza. Y este enemigo no ha cesado de vencer".

Walter Benjamin
"La dialéctica en suspenso"

01 julio 2009

El Planeta Enfermo




"El optimismo científico del siglo XIX se ha desmoronado en tres puntos esenciales. En primer lugar, la pretensión de garantizar la revolución como solución feliz de los conflictos existentes (la ilusión hegeliano-izquierdista y marxista; la menos compartida por la intelectualidad burguesa, pero la más rica y, después de todo, la menos ilusoria); segundo, la visión coherente del universo y aun simplemente de la materia; y tercero, el sentimiento eufórico y lineal del desarrollo de las fuerzas productivas. Si llegamos a dominar el primer punto, habremos resuelto el tercero; más adelante sabremos hacer del segundo nuestro asunto y nuestro juego. No hay que curar los síntomas, sino la enfermedad misma. Hoy en día el miedo está en todas partes, y no vamos a salir de él más que confiándonos a nuestras propias fuerzas, a nuestra capacidad de destruir toda alienación existente y toda imagen del poder que se nos haya escapado. Sometiéndolo todo, exceptuando a nosotros mismos, al solo poder de los consejos de trabajadores que posean y reconstruyan en cada instante la totalidad del mundo; es decir, a la verdadera racionalidad, a una legitimidad nueva".

Guy Debord
"El Planeta Enfermo"

08 junio 2009

Rompepistas




"Estoy sentado, solo, en la valla del estadio de Deporte. Bebiéndome una Xibeca a mi bola, y a punto de llorar, pero que no. Que no voy a llorar.
No veo mucho, sin lupas pero me esfuerzo. Los Cuellos se juntan y se separan en el campo siguiendo unos códigos que no soy capaz de descifrar. Es una baile del que desconozco los pasos, un grupo y otro se apiñan en medio del campo como dos manos que3 uniesen sus dedos, y de la piña resultante salen dos colas, a cada uno de los lados, y no sé por qué pienso en la Osa Mayor. El Carro. Y miro al suelo y lo busco, pero no lo encuentro. Hay demasiada mierda: el humo de las fábricas textiles, de La Seda de Barcelona, oculta el universo, el exterior. Aislados.
Me he negado toda la vida a entender los pasos de baile que se desarrollan en el césped, pero no puede ser tan complicado, Física Cuántica no es, seguro.
Y las colas se separan de las piñas y corren, en fila transversal, por el campo, desordenándose de golpe como hormigas que ven su procesión interrumpida por el palo de un niño. Y luego se vuelven a unir, y el balón va pasando de mano en mano, balanceado como un bebé. De algún modo y de repente parece incluso divertido; imagino que lo es, si es que logras encontrarle un sentido a lo de transportar el balón de una punta a otra del campo.
Una vez más, pienso en cómo me gustaría ser uno de esos Cuellos felices.
Pero no lo soy, y estoy a punto de aceptarlo de manera perpetua. Y me da igual. Por eso me estoy emborrachando como si fuese una divorciada cuarentona, y encima con el culo partido en cuatro en esta valla incomodísima.
Hago gárgaras de cerveza medio caliente y espumosa de balancearla arriba y abajo en mi boca. Y pienso en Carnaval. Hay momentos en la vida, como dijo mi abuelo cuando me habló de la guerra civil, en que tener la razón no sirve de nada. En que tener la razón no te va a hacer sentir mejor. En que ganar una conversación te va a hacer sentir como una basura, como una rata muerta en la boca de un gato callejero, como una vomitona, como una porquería.
La verdad es que preferiría no tener razón, pero la tengo. Por una vez que no la quería, la tengo de forma incontrovertible. Y sin posibilidad de devolución. Qué asco de vida, ésta. Qué asco de moraleja. Una frase para contarles a mis nietos, una frase de sabiduría aprendida a puñetazos: A veces, tener razón es lo de menos. A veces, ganar en discusiones es lo último que quieres hacer. Ahora tengo razón, y no tengo a Carnaval. Ni, obviamente, a Clareana. Felicidades, tío".

Kiko Amat
"Rompepistas"

20 marzo 2009

Cuando digo...

"Cuando digo «más que crítica», sobreentiendo «deconstructiva» (¿por qué no decirlo directamente y sin perder tiempo?). Apelo al derecho a la deconstrucción como derecho incondicional a plantear cuestiones críticas no sólo a la historia del concepto de hombre sino a la historia misma de la noción de crítica, a la forma y a la autoridad de la cuestión, a la forma interrogativa del pensamiento. Porque eso implica el derecho de hacerlo afirmativa y performativamente, es decir, produciendo acontecimientos, por ejemplo, escribiendo y dando lugar (lo cual hasta ahora no dependía de las Humanidades clásicas o modernas) a obras singulares. Se trataría, debido al acontecimiento de pensamiento que constituirían semejantes obras, de hacer que algo le ocurriese, sin necesariamente traicionarlo, a ese concepto de verdad o de humanidad que conforma los estatutos y la profesión de fe de toda universidad. Ese principio de resistencia incondicional es un derecho que la universidad misma debería a la vez reflejar, inventar y plantear, lo haga o no a través de las facultades de Derecho o en las nuevas Humanidades capaces de trabajar sobre estas cuestiones de derecho -esto es, por qué no decirlo de nuevo sin rodeos, de unas Humanidades capaces de hacerse cargo de las tareas de deconstrucción, empezando por la de su historia y sus propios axiomas. Consecuencia de esta tesis: al ser incondicional, semejante resistencia podría oponer la universidad a un gran número de poderes: a los poderes estatales (y, por consiguiente, a los poderes políticos del Estado-nación así como a su fantasma de soberanía indivisible: por lo que la universidad sería de antemano no sólo cosmopolítica, sino universal, extendiéndose de esa forma más allá de la ciudadanía mundial y del Estado-nación en general), a los poderes económicos (a las concentraciones de capitales nacionales e internacionales), a los poderes mediáticos, ideológicos, religiosos y culturales, etc., en suma, a todos los poderes que limitan la democracia por venir".

Jacques Derrida
"La Universidad sin condición"

03 marzo 2009

El mito

"El mito, el absoluto unitario donde las contradicciones del mundo se encuentran ilusoriamente resueltas, la visión armoniosa y armonizada a cada instante donde el orden se contempla y se refuerza, he aquí el lugar de lo sagrado, la zona extrahumana de la que con todo cuidado se ha desterrado, entre otras revelaciones, la revelación del movimiento de apropiación privativa. Nietzsche lo vio claramente cuando escribió: "Todo devenir es una emancipación culpable con respecto al ser eterno que hay que pagar con la muerte". Cuando la burguesía quiso sustituir el Ser puro del feudalismo por el Devenir, se limitó a desacralizar el ser y a resacralizar en su provecho el Devenir, su devenir elevado así a la condición de Ser, no ya de la propiedad absoluta, sino de la apropiación relativa; un pequeño devenir democrático y mecánico, con su noción de progreso, de mérito y de sucesión causal. Lo que el poseedor vive se lo disimula. Ligado al mito por un pacto de vida o muerte, le está prohibido tomar un bien para su goce positivo y exclusivo si no lo hace a través de la apariencia de vivir su propia exclusión -¿y no es a través de esta exclusión mítica como los no poseedores captarán la realidad de su exclusión?-. El poseedor lleva la responsabilidad de un grupo, asume la dimensión de un dios. Sometido tanto a su bendición como a su venganza, se inviste de prohibiciones y se consume en ellas. Modelo de dioses y de héroes, el amo, el poseedor es el verdadero rostro de Prometeo, de Cristo y de todos los que se sacrifican espectacularmente permitiendo que la gran mayoría de los hombres no deje de sacrificarse a los amos, a la extrema minoría (convendría, por otra parte, matizar el análisis del sacrificio del Propietario: en el caso de Cristo ¿no hay que admitir más bien que se trata del hijo del propietario? Ahora bien, como el propietario sólo puede sacrificarse en apariencia asistimos, cuando la coyuntura lo exige imperiosamente, a la inmolación efectiva del hijo del propietario, puesto que él no es más que un propietario inacabado, un esbozo, una simple esperanza de propiedad futura. En esta dimensión mítica hay que comprender la famosa frase de Barrés, periodista, cuando la guerra de 1914 vino por fin a colmar sus deseos: "Nuestra juventud, como convenía hacer, ha ido a derramar nuestra sangre a chorros"). Este juego un tanto repugnante conoció, antes de incorporarse a los ritos y al folklore, una época heroica en la que ritualmente se mataba a los reyes y a los jefes de las tribus conforme a su "voluntad". Los historiadores aseguran que se llegó rápidamente a reemplazar los augustos mártires por prisioneros, esclavos o criminales. Desaparecido el suplicio, la aureola permaneció".

Raoul Vaneigem
“Banalidades de base”

5

"Hace unos años, me fui después de vender a la tanguería que está frente a la plaza de Almagro.
Me mandé para el fondo. Por suerte conseguí una silla contra la pared. No paraba de llegar gente. Cada vez que terminaba un tango, la tertulia explotaba. Eran como intervalos de una película. Si fuera así, ésta se proyectaba cerca de la ventanita, sobre una pantalla hecha de humo de cigarrillos.
De pronto, el viejo cantor empezó:
-Lástima, bandoneón, mi corazón…
No lo aguanté. Entonado por la cerveza, me puse de pie y grité-
-¡Paren!
La gente, que colmaba el bolichito, desconcertada al principio, me miraba después con ojos acusadores:
-¿Qué pasa, borracho?
Mire fijo al cantor.
-Por favor, no toques ese tango que me mata.
La acusación daba lugar a la curiosidad y el bar se llenó de silencio.
-Lo que pasa –seguí- es que me trae un recuerdo que no soporto, de una chica, una que amé tanto. Te pido que no lo cantes. Es una crueldad inútil.
La noche daba pie a la sensibilidad colectiva. Por eso, un poco con risa, un poco con ternura y algo de identificación, los asistentes, principalmente un grupo de chicos y chicas, vestidos de murga, pidieron:
-¡Hagan otro!
Una turista comenzó a sacarme fotos. El barullo se generalizaba y desde la barra gritaban cosas. El viejo cantor, tomando control de la situación, me dijo:
-A ver, ¿cómo te llamás vos?
-Juan Diego
-Bueno, sentate tranquilo. Ahora decime, ¿qué querés que toquemos?
-El motivo
El cantor miró al guitarrista y éste asintió con la cabeza.
Después le dijo:
-En Mi menor.
Entonces, como si fueramos una hinchada de fútbol, entre todos entonamos, casi hasta el grito:
-Mina que fue en otro tiempo…"

Juan Diego Incardona
“Objetos Maravillosos”