“Compartí una velada con algunos empleados mayores que, durante el día, trabajan como pequeños empelados comerciales. Uno es contable y se encarga de los balances, otro es cajero; hombres equilibrados, en los que no es posible destacar nada fuera de la vida de oficina y el estrecho ámbito domestico. Esa noche fuimos a un baile de viudas en la zona de la Elsässer Strabe –el medio geniuno de Zille*-, con música de metales, trabajadores temporales, viudas fáciles y prostitutas. Se bebía cerveza, y las personas se transformaron ante mis ojos. Ya no eran empleados de oficina oprimidos, sino auténticas fuerzas elementales, que habían saltado su cerco y se divertían de un modo un tanto desenfrenado. Contaban historias groseras, circulaban las bromas, recorrían la sala de un lado a otro, se sumergían en sus vasos y volvían a agitarse. El animador del baile se acercó a nuestra mesa; era un humorista popular un tanto ingenuo que, en cuanto le sirvieron cerveza, comenzó a explayarse espontáneamente sobre sus avatares. Había tenido su época de esplendor como clown musical y evidentemente, desde entonces, había ido rodando la pendiente. Pero lo especialmente curioso en la reunión era que el empleado contable parecía un viejo camarada del animador de baile; mostraba una existencia totalmente antiburguesa, que nunca había conocido interiormente los espacios de una oficina. ¿Por qué no avanzó hasta puestos más altos? Quizá la falta de interés propia de su naturaleza de vagabundo había sido un obstaculo para su ascenso, y ahora era demasiado tarde. Hay una cantidad de figuras fantásticas extrídas de E.T. Hoffmann entre los empleados de edad avanzada. Éstos se han quedado estancados en algún lugar y desde entonces cumplen incesantemente funciones banales, que son cualquier cosa excepto siniestras. Sin embargo, es como si estos hombres estuvieran envueltos en un aura de horror. Ésta procede de las fuerzas corrompidas que no han encontrado salida alguna dentro del orden vigente”.
Siegfried Kracauer
“Los empleados”
"Ya se han interpretado bastante las pasiones: se trata de encontrar otras nuevas"
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01 agosto 2008
24 junio 2008
11 Tesis sobre la Política

1. La política no es el ejercicio del poder. Debe ser definida por sí misma, como una modalidad específica de la acción, llevada a la práctica por un tipo particular de sujeto, y derivando de una clase de racionalidad específica. Es la relación política la que hace posible concebir al sujeto político, no a la inversa.
2. Lo peculiar de la política es la existencia de un sujeto definido por su participación en opuestos. La política es un tipo de acción paradójica.
3. La política es una ruptura específica de la lógica del arkhé, dado que no presupone simplemente la ruptura de la distribución “normal” de las posiciones entre quien ejercita el poder y quien lo sufre sino también una ruptura en la idea de las disposiciones que hacen a las personas “adecuadas” a estas posiciones.
4. La democracia no es un régimen político. Es una ruptura de la lógica del arkhé, en otras palabras, la anticipación de la regla en la disposición por él. La democracia es el régimen de la política en tanto forma de relación que define a un sujeto específico.
5. El pueblo, que es el sujeto de la democracia, y por lo tanto el sujeto matricial de la política, no es el conjunto de los miembros de la comunidad o la clase obrera o la población. Es la parte suplementaria en relación a cualquiera de las partes contables de la población que hace posible identificar la cuenta de los incontados con la totalidad de la comunidad.
6. La esencia de la política es la acción de sujetos suplementarios inscriptos como un plusvalor en relación a cualquier cuenta de las partes de una sociedad.
7. Si la política es el trazado de una diferencia evanescente en la distribución de las partes sociales, entonces su existencia no es de ninguna manera necesaria. Por el contrario, la política sucede siempre como un accidente recurrente en la historia de las formas de la dominación. El objeto esencial del litigio político es la existencia misma de la política.
8. La política es específicamente antagónica a lo policial. Lo policial es una distribución de lo visible cuyo principio es la ausencia del vacío y el suplemento.
9. La tarea esencial de la política es la configuración de su propio espacio, lograr que el mundo de sus sujetos y sus operaciones resulten visibles. La esencia de la política es la manifestación del disenso, en tanto presencia de dos mundos en uno.
10. La característica fundamental de la filosofía política consiste tanto en anclar la acción política en una modalidad específica del ser como en ocultar el litigio que es constitutivo de la política. Es en la descripción misma del mundo de la política que la filosofía produce este ocultamiento. Por otra parte, la efectividad de esta operación es perpetuada en las descripciones no filosóficas o anti-filosóficas de este mundo.
11. El “fin de la política” y el “retorno de la política” son dos maneras complementarias de cancelar la política a través de una relación simple entre el estado de lo social y el estado de los aparatos estatales. “Consenso” es el nombre vulgar de esta cancelación.
Jacques Rancière
"11 Tesis sobre la Política".
22 junio 2008
Cosas que hacen BUM (2)

"Al final, lo que pasa es que vas por la vida como si arrastraras una red de pesca, y la red cada vez pesa más porque está más llena de recuerdos, y no hay manera de parar en algún lado y soltar algunos de ellos. Estás condenado a arrastrar para siempre todo lo que atrapa la red de tus movimientos. ¿Qué hay dentro?. De todo, como en las redes de verdad. Hay tiburones y sardinas, hay salmonetes deliciosos, pulpos, medusas venenosas y erizos punzantes. Y también hay rémoras. Sobre todo rémoras".
Kiko Amat
"Cosas que hacen BUM"
01 junio 2008
Dance Dance Dance
Había una mujer que de vez en cuando se quedaba a dormir en mi apartamento. Luego desayunábamos juntos, y ella se iba al trabajo. Tampoco ella tiene nombre, pero sólo porque no es un personaje de esta historia. Aparece brevemente y desaparece enseguida. Por eso no le pongo nombre, para no liar las cosas. Pero que nadie piense que me la tomo a la ligera. La apreciaba mucho, y la sigo apreciando ahora que ya no está.
Éramos amigos, por así decirlo. Era, al menos, la única persona con la que podía decir que me unía cierta amistad. Tenía un novio formal, que no era yo. Trabajaba en una compañía de teléfonos, preparando las facturas con el ordenador. Ni yo le pregunté sobre su trabajo ni ella me contó demasiado, pero creo que era eso. Calcular el montante de las facturas telefónicas de otras personas, preparar los recibos, algo por el estilo. Por eso todos los meses, al ver en el buzón el recibo del teléfono, me daba la impresión de estar recibiendo una carta personal.
Además se acostaba conmigo. Dos o tres veces al mes, más o menos. Pensaba que yo había caído de la luna o de algún lugar semejante. “¿Aún no te has vuelto a la luna?” me pregunta entre risas. Estamos en la cama, desnudos, nuestros cuerpos muy juntos, sus pechos contra mi costado. Así pasamos muchas noches, charlando hasta el amanecer. El ruido de la autopista no cesa ni un momento. En la radio suena monótona una canción de los Human League. Human League. ¡Qué nombre tan absurdo! ¿Por qué usarán un nombre tan sin sentido? Antes la gente era mucho más moderada a la hora de ponerle nombre a un grupo. Imperials, Supremes, Flamingos, Falcons, Impressions, Doors, Four Seasons, Beach Boys.
Ella ríe cuando me oye decir estas cosas. Y luego dice que soy un tipo raro, distinto. En qué soy distinto, eso es algo que desconozco. Yo creo que soy una persona tremendamente normal con una forma de pensar tremendamente normal. Human League.
“Me gusta estar contigo”, me dice. “A veces me vienen unas ganas tremendas de estar contigo. En el trabajo, por ejemplo.”
“Aha”
“A veces”, dice ella marcando las palabras. Y luego deja pasar unos treinta segundos. La canción de los Human League ha terminado, y ahora suena algo de un grupo que no conozco. “Ese es tu problema”, continúa. “Me encanta estar así los dos juntos, pero no se me ocurriría pasar todo el día contigo, de la mañana a la noche. ¿Por qué será?”
“Ni idea.”
“No es que esté incómoda contigo. Es sólo que, cuando estamos juntos, a veces me da la impresión de que el aire se vuelve increíblemente liviano. Como si estuviéramos en la luna.”
“Este es un pequeño paso para el hombre...”
“No estoy bromeando”, me contesta incorporándose en la cama y mirándome de frente. “Lo digo por tu bien. ¿Hay alguna otra persona que te diga estas cosas? ¿Qué me dices? ¿Acaso tienes a alguien?”
“A nadie”, le digo sinceramente. Absolutamente a nadie.
Vuelve a tumbarse, apoyando sus pechos en mi costado. La palma de mi mano le acaricia suavemente la espalda.
“Pues eso. Cuando estoy contigo, hay veces que el aire se hace muy liviano, como en la luna.”
“El aire de la luna no es liviano” le apunto. “En la superficie de la luna no hay absolutamente nada de aire. Por eso...”
“Es liviano”, susurra ella. No sé si ha ignorado mis palabras o si no las ha oído en absoluto. Pero oírla hablar en voz baja me pone nervioso. No sé por qué, pero hay algo en su susurro que me inquieta. “Increíblemente liviano, a veces. Es como si tú y yo respiráramos aires totalmente distintos. Lo sé.”
“Faltan datos” le digo.
“¿Quieres decir que no sé nada sobre ti?”
“Tampoco yo sé demasiado de mí mismo” contesto. “Lo digo en serio, no es que trate de filosofar. Es más real que todo eso. Faltan datos así, en general.”
“Pues ya eres mayorcito. ¿Qué edad tienes? ¿Treinta y tres?” Ella tiene veintiséis.
“Treinta y cuatro”, la corrijo. “Treinta y cuatro años y dos meses.”
Ella mueve la cabeza. Luego se levanta de la cama, se acerca a la ventana y abre la cortina. Se ha puesto mi pijama.
“Vuélvete a la luna”, me dice mientras la señala con el dedo.
“¿No hace frío?”, le pregunto.
“¿Quieres decir en la luna?”
“No, estoy hablando de ti”, contesto. Estamos en Febrero. Junto a la ventana, su respiración se ha vuelto blanca, pero sólo al oír mis palabras parece tomar consciencia de ello.
Se apresura a volver a la cama. La abrazo, y noto el frío del pijama. Aprieta su nariz contra mi cuello. Está helada. “Te quiero”, me dice.
Quiero decir algo, pero no me salen las palabras. Ella me gusta mucho. El tiempo se pasa volando cuando estamos los dos así, en la cama. Me gusta dar calor a su cuerpo y acariciar su pelo. Escuchar el leve sonido de su respiración al dormir, llevarla al trabajo por la mañana, recibir la factura de teléfono que ella ha calculado (o eso quiero creer), verla con mi pijama puesto, que le queda grande. Pero no puedo expresarlo con palabras cuando llega el momento. No estoy enamorado de ella, pero tampoco vale decir simplemente que me gusta.
¿Qué se supone que debo decir?
El caso es que no soy capaz de decir nada. No se me aparecen las palabras necesarias. Sé que mi silencio la hiere. Ella no quiere que me dé cuenta, pero lo siento. Lo siento mientras acaricio la suave piel de su espalda sobre la espina dorsal. Muy claramente. Nos abrazamos en silencio durante unos instantes, escuchando una canción de título desconocido. Su mano está apoyada en mi vientre.
“Cásate con una mujer de la luna y crea con ella una estupenda familia de lunáticos”, me dice con dulzura. “Es lo mejor que puedes hacer.”
Sin dejar de abrazarla, observo la luna por encima de su hombro, a través de la ventana abierta. De vez en cuando atraviesan la autopista enormes camiones cargados de algo muy pesado y levantando un estruendo lleno de malos presagios, como un iceberg que comienza a derrumbarse. Me pregunto cuál será su carga.
“¿Qué tienes para desayunar?” me pregunta.
“Nada fuera de lo normal. Lo de siempre. Jamón, huevos, tostadas, la ensalada de patata que me hice ayer, y café. Si quieres, te lo preparo con leche caliente” contesto.
“Estupendo”, me dice con una sonrisa. “¿Por qué no preparas unos huevos con jamón, y me sirves el café con tostadas?”
“Ningún problema” le aseguro.
“¿Sabes qué es lo que más me gusta del mundo?”
“Francamente, no tengo ni idea.”
“Lo que más me gusta”, me dice mirándome a los ojos, “es estar en la cama una fría mañana de invierno, sin ninguna gana de levantarme. Y entonces oler el aroma del café, y oír el sonido de los huevos con jamón al freírse, y el crujir de las tostadas cuando las cortan, y saltar de la cama sin poderme contener.”
“Pues vamos a verlo”, le digo riendo.
*
No soy un tipo raro.
Eso creo, de verdad.
No voy a decir que sea el prototipo de la persona corriente, pero no soy raro. A mi manera, soy un ser humano absolutamente normal. Soy, necesariamente, todo lo normal que se pueda ser. Y esto es tan obvio, que lo que piensen los demás no me preocupa lo más mínimo. No es mi problema; en todo caso, será su problema.
Hay quienes me tienen por más imbécil de lo que soy. Otros, en cambio, me creen excesivamente calculador. Pero eso me da igual. Además, ese “más de lo que soy” es sólo una forma de expresar una comparación con la imagen que tengo de mí mismo. Los demás me pueden ver imbécil o calculador, pero ése es un problema que no me preocupa. No hay malentendidos en el mundo, sólo diferentes formas de pensar. Y esta es mi forma de pensar.
Pero también hay personas que pueden extraer la normalidad que hay en mí. Son muy escasas, pero existen. Ellos/as y yo nos atraemos mutuamente de una forma completamente natural, como dos planetas flotando en el espacio oscuro del universo, y luego nos separamos. Aparecen en mi vida, se relacionan conmigo, y un buen día desaparecen. Son mis amigos, mis amantes, mi esposa incluso. A veces acabamos enfrentados. Pero siempre, en todos los casos, acaban yéndose. Se rinden, o pierden las esperanzas, o caen en el silencio (no sale nada del grifo, por muchas vueltas que le den), y finalmente desaparecen. Tengo una habitación con dos puertas. Una de entrada, otra de salida. Las dos no son compatibles. No se puede salir por la entrada, ni entrar por la salida. Esas son las reglas. La gente entra por la entrada, y sale por la salida. Hay muchas formas de entrar y muchas formas de salir. Pero lo que no cambia es que todos acaban saliendo. Unos se fueron en busca de nuevas posibilidades, otros por ahorrar tiempo. Otros murieron. No ha quedado nadie. No hay nadie en la habitación, sólo yo. Tengo siempre muy presente su ausencia. La de quienes se fueron. Las palabras que dijeron, los alientos que exhalaron, las canciones que tararearon... Todo lo veo flotando como un polvillo por las esquinas de la habitación.
Probablemente, la imagen que ellos vieron de mí se acercaba bastante a la realidad. Por eso se me aproximaron, y por eso también se fueron. Ellos reconocieron la normalidad que hay en mí, y mis sinceros esfuerzos por conservarla. Me hablaron y me abrieron su corazón. Casi todos se portaron bien conmigo. Pero no había nada que yo pudiera darles, y si algo les di no fue suficiente. Siempre me esforcé por darles todo lo posible. Hice todo lo que pude. Y también buscaba algo en ellos. Pero al final no resultó. Y se fueron.
Es duro, por supuesto.
Pero más duro aún es el hecho de que salieran de la habitación mucho más tristes que cuando entraron. Salían con una parte de sí mismos erosionada. Yo me daba cuenta de ello. Es curioso, pero ellos parecían estar mucho más erosionados que yo. ¿Por qué será? ¿Por qué siempre quedo yo? ¿Y por qué queda siempre en mis manos la sombra de alguien erosionado? ¿Por qué? No lo sé.
Faltan datos.
Por eso nunca obtengo la solución.
Hay algo que falta.
Un día, al volver de una reunión de trabajo, encontré una postal en el buzón. Era una foto de un astronauta caminando por la superficie de la luna. No había remite, pero al primer vistazo supe quién me la enviaba.
“Será mejor que no volvamos a vernos”, había escrito. “Pronto me casaré con un terrícola.”
Escuché el sonido de la puerta al cerrarse.
Datos insuficientes. No hay solución. Pulse Borrar.
Pantalla en blanco.
Me pregunto cuánto tiempo más van a continuar así las cosas. Tengo ya treinta y cuatro años. ¿Hasta cuándo?
No estaba triste. Al fin y al cabo, estaba claro que yo era el único responsable. Era natural que ella se alejara de mí, y lo sabía desde el principio. Los dos lo sabíamos. Pero perseguíamos un modesto milagro, una oportunidad de cambiar las cosas en lo fundamental. Pero esa oportunidad no se presentó, claro. Y ella salió. Cuando se fue me sentí solo, pero era una soledad que ya había experimentado antes. Sabía que acabaría superándola.
Ya estoy acostumbrado.
Pensar estas cosas me hace sentir mal. Siento surgir en mis entrañas un líquido negro que pugna por subir hasta la garganta. Me pongo delante del espejo del cuarto de baño. Este soy yo. Sí, ése eres tú. También tú estás gastado, mucho más de lo que crees. Me veo la cara más sucia y envejecida que nunca. Me lavo la cara meticulosamente con jabón, y me doy unas friegas con la loción. Luego me lavo las manos, y me seco bien con una toalla nueva. Voy a la cocina y ordeno los contenidos del frigorífico mientras bebo una lata de cerveza. Tiro los tomates echados a perder, alineo las cervezas, cambio de sitio las fiambreras, hago la lista de la compra.
Al amanecer estoy solo, y mientras miro distraídamente la luna me pregunto hasta cuándo seguirá esto. Seguramente encontraré a otra mujer dentro de poco. Y nos atraeremos de forma natural, como dos planetas. Y esperaremos inútilmente un milagro, malgastando el tiempo, erosionando nuestros corazones. Hasta que nos separemos.
¿Hasta cuándo?
Haruki Murakami.
Éramos amigos, por así decirlo. Era, al menos, la única persona con la que podía decir que me unía cierta amistad. Tenía un novio formal, que no era yo. Trabajaba en una compañía de teléfonos, preparando las facturas con el ordenador. Ni yo le pregunté sobre su trabajo ni ella me contó demasiado, pero creo que era eso. Calcular el montante de las facturas telefónicas de otras personas, preparar los recibos, algo por el estilo. Por eso todos los meses, al ver en el buzón el recibo del teléfono, me daba la impresión de estar recibiendo una carta personal.
Además se acostaba conmigo. Dos o tres veces al mes, más o menos. Pensaba que yo había caído de la luna o de algún lugar semejante. “¿Aún no te has vuelto a la luna?” me pregunta entre risas. Estamos en la cama, desnudos, nuestros cuerpos muy juntos, sus pechos contra mi costado. Así pasamos muchas noches, charlando hasta el amanecer. El ruido de la autopista no cesa ni un momento. En la radio suena monótona una canción de los Human League. Human League. ¡Qué nombre tan absurdo! ¿Por qué usarán un nombre tan sin sentido? Antes la gente era mucho más moderada a la hora de ponerle nombre a un grupo. Imperials, Supremes, Flamingos, Falcons, Impressions, Doors, Four Seasons, Beach Boys.
Ella ríe cuando me oye decir estas cosas. Y luego dice que soy un tipo raro, distinto. En qué soy distinto, eso es algo que desconozco. Yo creo que soy una persona tremendamente normal con una forma de pensar tremendamente normal. Human League.
“Me gusta estar contigo”, me dice. “A veces me vienen unas ganas tremendas de estar contigo. En el trabajo, por ejemplo.”
“Aha”
“A veces”, dice ella marcando las palabras. Y luego deja pasar unos treinta segundos. La canción de los Human League ha terminado, y ahora suena algo de un grupo que no conozco. “Ese es tu problema”, continúa. “Me encanta estar así los dos juntos, pero no se me ocurriría pasar todo el día contigo, de la mañana a la noche. ¿Por qué será?”
“Ni idea.”
“No es que esté incómoda contigo. Es sólo que, cuando estamos juntos, a veces me da la impresión de que el aire se vuelve increíblemente liviano. Como si estuviéramos en la luna.”
“Este es un pequeño paso para el hombre...”
“No estoy bromeando”, me contesta incorporándose en la cama y mirándome de frente. “Lo digo por tu bien. ¿Hay alguna otra persona que te diga estas cosas? ¿Qué me dices? ¿Acaso tienes a alguien?”
“A nadie”, le digo sinceramente. Absolutamente a nadie.
Vuelve a tumbarse, apoyando sus pechos en mi costado. La palma de mi mano le acaricia suavemente la espalda.
“Pues eso. Cuando estoy contigo, hay veces que el aire se hace muy liviano, como en la luna.”
“El aire de la luna no es liviano” le apunto. “En la superficie de la luna no hay absolutamente nada de aire. Por eso...”
“Es liviano”, susurra ella. No sé si ha ignorado mis palabras o si no las ha oído en absoluto. Pero oírla hablar en voz baja me pone nervioso. No sé por qué, pero hay algo en su susurro que me inquieta. “Increíblemente liviano, a veces. Es como si tú y yo respiráramos aires totalmente distintos. Lo sé.”
“Faltan datos” le digo.
“¿Quieres decir que no sé nada sobre ti?”
“Tampoco yo sé demasiado de mí mismo” contesto. “Lo digo en serio, no es que trate de filosofar. Es más real que todo eso. Faltan datos así, en general.”
“Pues ya eres mayorcito. ¿Qué edad tienes? ¿Treinta y tres?” Ella tiene veintiséis.
“Treinta y cuatro”, la corrijo. “Treinta y cuatro años y dos meses.”
Ella mueve la cabeza. Luego se levanta de la cama, se acerca a la ventana y abre la cortina. Se ha puesto mi pijama.
“Vuélvete a la luna”, me dice mientras la señala con el dedo.
“¿No hace frío?”, le pregunto.
“¿Quieres decir en la luna?”
“No, estoy hablando de ti”, contesto. Estamos en Febrero. Junto a la ventana, su respiración se ha vuelto blanca, pero sólo al oír mis palabras parece tomar consciencia de ello.
Se apresura a volver a la cama. La abrazo, y noto el frío del pijama. Aprieta su nariz contra mi cuello. Está helada. “Te quiero”, me dice.
Quiero decir algo, pero no me salen las palabras. Ella me gusta mucho. El tiempo se pasa volando cuando estamos los dos así, en la cama. Me gusta dar calor a su cuerpo y acariciar su pelo. Escuchar el leve sonido de su respiración al dormir, llevarla al trabajo por la mañana, recibir la factura de teléfono que ella ha calculado (o eso quiero creer), verla con mi pijama puesto, que le queda grande. Pero no puedo expresarlo con palabras cuando llega el momento. No estoy enamorado de ella, pero tampoco vale decir simplemente que me gusta.
¿Qué se supone que debo decir?
El caso es que no soy capaz de decir nada. No se me aparecen las palabras necesarias. Sé que mi silencio la hiere. Ella no quiere que me dé cuenta, pero lo siento. Lo siento mientras acaricio la suave piel de su espalda sobre la espina dorsal. Muy claramente. Nos abrazamos en silencio durante unos instantes, escuchando una canción de título desconocido. Su mano está apoyada en mi vientre.
“Cásate con una mujer de la luna y crea con ella una estupenda familia de lunáticos”, me dice con dulzura. “Es lo mejor que puedes hacer.”
Sin dejar de abrazarla, observo la luna por encima de su hombro, a través de la ventana abierta. De vez en cuando atraviesan la autopista enormes camiones cargados de algo muy pesado y levantando un estruendo lleno de malos presagios, como un iceberg que comienza a derrumbarse. Me pregunto cuál será su carga.
“¿Qué tienes para desayunar?” me pregunta.
“Nada fuera de lo normal. Lo de siempre. Jamón, huevos, tostadas, la ensalada de patata que me hice ayer, y café. Si quieres, te lo preparo con leche caliente” contesto.
“Estupendo”, me dice con una sonrisa. “¿Por qué no preparas unos huevos con jamón, y me sirves el café con tostadas?”
“Ningún problema” le aseguro.
“¿Sabes qué es lo que más me gusta del mundo?”
“Francamente, no tengo ni idea.”
“Lo que más me gusta”, me dice mirándome a los ojos, “es estar en la cama una fría mañana de invierno, sin ninguna gana de levantarme. Y entonces oler el aroma del café, y oír el sonido de los huevos con jamón al freírse, y el crujir de las tostadas cuando las cortan, y saltar de la cama sin poderme contener.”
“Pues vamos a verlo”, le digo riendo.
*
No soy un tipo raro.
Eso creo, de verdad.
No voy a decir que sea el prototipo de la persona corriente, pero no soy raro. A mi manera, soy un ser humano absolutamente normal. Soy, necesariamente, todo lo normal que se pueda ser. Y esto es tan obvio, que lo que piensen los demás no me preocupa lo más mínimo. No es mi problema; en todo caso, será su problema.
Hay quienes me tienen por más imbécil de lo que soy. Otros, en cambio, me creen excesivamente calculador. Pero eso me da igual. Además, ese “más de lo que soy” es sólo una forma de expresar una comparación con la imagen que tengo de mí mismo. Los demás me pueden ver imbécil o calculador, pero ése es un problema que no me preocupa. No hay malentendidos en el mundo, sólo diferentes formas de pensar. Y esta es mi forma de pensar.
Pero también hay personas que pueden extraer la normalidad que hay en mí. Son muy escasas, pero existen. Ellos/as y yo nos atraemos mutuamente de una forma completamente natural, como dos planetas flotando en el espacio oscuro del universo, y luego nos separamos. Aparecen en mi vida, se relacionan conmigo, y un buen día desaparecen. Son mis amigos, mis amantes, mi esposa incluso. A veces acabamos enfrentados. Pero siempre, en todos los casos, acaban yéndose. Se rinden, o pierden las esperanzas, o caen en el silencio (no sale nada del grifo, por muchas vueltas que le den), y finalmente desaparecen. Tengo una habitación con dos puertas. Una de entrada, otra de salida. Las dos no son compatibles. No se puede salir por la entrada, ni entrar por la salida. Esas son las reglas. La gente entra por la entrada, y sale por la salida. Hay muchas formas de entrar y muchas formas de salir. Pero lo que no cambia es que todos acaban saliendo. Unos se fueron en busca de nuevas posibilidades, otros por ahorrar tiempo. Otros murieron. No ha quedado nadie. No hay nadie en la habitación, sólo yo. Tengo siempre muy presente su ausencia. La de quienes se fueron. Las palabras que dijeron, los alientos que exhalaron, las canciones que tararearon... Todo lo veo flotando como un polvillo por las esquinas de la habitación.
Probablemente, la imagen que ellos vieron de mí se acercaba bastante a la realidad. Por eso se me aproximaron, y por eso también se fueron. Ellos reconocieron la normalidad que hay en mí, y mis sinceros esfuerzos por conservarla. Me hablaron y me abrieron su corazón. Casi todos se portaron bien conmigo. Pero no había nada que yo pudiera darles, y si algo les di no fue suficiente. Siempre me esforcé por darles todo lo posible. Hice todo lo que pude. Y también buscaba algo en ellos. Pero al final no resultó. Y se fueron.
Es duro, por supuesto.
Pero más duro aún es el hecho de que salieran de la habitación mucho más tristes que cuando entraron. Salían con una parte de sí mismos erosionada. Yo me daba cuenta de ello. Es curioso, pero ellos parecían estar mucho más erosionados que yo. ¿Por qué será? ¿Por qué siempre quedo yo? ¿Y por qué queda siempre en mis manos la sombra de alguien erosionado? ¿Por qué? No lo sé.
Faltan datos.
Por eso nunca obtengo la solución.
Hay algo que falta.
Un día, al volver de una reunión de trabajo, encontré una postal en el buzón. Era una foto de un astronauta caminando por la superficie de la luna. No había remite, pero al primer vistazo supe quién me la enviaba.
“Será mejor que no volvamos a vernos”, había escrito. “Pronto me casaré con un terrícola.”
Escuché el sonido de la puerta al cerrarse.
Datos insuficientes. No hay solución. Pulse Borrar.
Pantalla en blanco.
Me pregunto cuánto tiempo más van a continuar así las cosas. Tengo ya treinta y cuatro años. ¿Hasta cuándo?
No estaba triste. Al fin y al cabo, estaba claro que yo era el único responsable. Era natural que ella se alejara de mí, y lo sabía desde el principio. Los dos lo sabíamos. Pero perseguíamos un modesto milagro, una oportunidad de cambiar las cosas en lo fundamental. Pero esa oportunidad no se presentó, claro. Y ella salió. Cuando se fue me sentí solo, pero era una soledad que ya había experimentado antes. Sabía que acabaría superándola.
Ya estoy acostumbrado.
Pensar estas cosas me hace sentir mal. Siento surgir en mis entrañas un líquido negro que pugna por subir hasta la garganta. Me pongo delante del espejo del cuarto de baño. Este soy yo. Sí, ése eres tú. También tú estás gastado, mucho más de lo que crees. Me veo la cara más sucia y envejecida que nunca. Me lavo la cara meticulosamente con jabón, y me doy unas friegas con la loción. Luego me lavo las manos, y me seco bien con una toalla nueva. Voy a la cocina y ordeno los contenidos del frigorífico mientras bebo una lata de cerveza. Tiro los tomates echados a perder, alineo las cervezas, cambio de sitio las fiambreras, hago la lista de la compra.
Al amanecer estoy solo, y mientras miro distraídamente la luna me pregunto hasta cuándo seguirá esto. Seguramente encontraré a otra mujer dentro de poco. Y nos atraeremos de forma natural, como dos planetas. Y esperaremos inútilmente un milagro, malgastando el tiempo, erosionando nuestros corazones. Hasta que nos separemos.
¿Hasta cuándo?
Haruki Murakami.
04 mayo 2008
Tan lejos de los dioses
El hombre, tan omnívoro y callado,
metiéndose en la ropa, atravesando
hileras de botones que se abren
o patíbulos, puertas o tristezas,
bajando en ascensores al invierno,
bostezando, subiendo a colectivos
que pegan coletazos de colores
en todas las esquinas, detestando,
viajando entre sus prójimos lejanos,
tan frágil, vertical, embotellado,
tan buscador, tan lejos de los dioses,
trasnochado mamífero embustero
que emana de la boca de los subtes,
que fuma, tan mendigo del asombro,
tan rey cuando le lustran los zapatos,
tan peatonal y bípedo sin cielo,
regresando con tráfico en las venas,
cautivo en geometrías y bullicio,
soñando alcantarillas, despertando.
Tan asfáltico, el hombre, tan urbano.
metiéndose en la ropa, atravesando
hileras de botones que se abren
o patíbulos, puertas o tristezas,
bajando en ascensores al invierno,
bostezando, subiendo a colectivos
que pegan coletazos de colores
en todas las esquinas, detestando,
viajando entre sus prójimos lejanos,
tan frágil, vertical, embotellado,
tan buscador, tan lejos de los dioses,
trasnochado mamífero embustero
que emana de la boca de los subtes,
que fuma, tan mendigo del asombro,
tan rey cuando le lustran los zapatos,
tan peatonal y bípedo sin cielo,
regresando con tráfico en las venas,
cautivo en geometrías y bullicio,
soñando alcantarillas, despertando.
Tan asfáltico, el hombre, tan urbano.
Pedro Mairal
"Tigre como los pájaros"
30 noviembre 2007
Pataflexia
Lanzamiento de la revista Pataflexia, con textos de Maria Paz Lundin, Bessie Porta, Manuela Ossa, Matias Andujar, Aldo Alcota, Ignacio Morales, Pablo Wajner, Joao Goncalves y Francisco Ide. Una linda revista con forma de rana. Surgido al alero del Colegio de ‘Patafísica de Santiago de Chile.
Algunos textos:
“Orto Factos”
“Los ortofallidos del acto po
Los ortofactos
Las ortofacciones /las care raja/
Del orto semblante
La ortopoiesis del ortofacto
La ortología de los ortólogos
Diarreicos del ortológico
Las ortoanalistas del videt
Las oretografía simiótica del aKKK
Los ortofactos los ortofactos
Los ortoedros los ortoedros
Los ortopédicos pédicos los ortorrinos
La ortoterapia del fornicio
Y el origen de la obra del Orto
La ortótica pue
La ortótica pue
Los ortofallidos del acto po
Los ortofallidos del acto po”
Pablo Wajner.
“Ciudad vacía
No hay nadie
Soy yo y
El basurero
Que se llena”
Matías Andujar
“Las piedras no descienden y
No tienen descendientes
A quien tiene más palabra que cara
Y si no salimos
Y si nos quedamos encerrados
Afuera de los edificios gritan que se caen
Nos sentamos en el mismo lado de la mesa
El cuello nunca duele
Mi cuello no se queja
Y la cabeza piensa
En mi mano y en tu pierna
Cuando el silencio nos toma de la mano
Todas las palabras tienen algo de sorpresa
No tengo pocas ganas de estar donde estoy”
Manuela Ossa
No la pierdan de vista.
Algunos textos:
“Orto Factos”
“Los ortofallidos del acto po
Los ortofactos
Las ortofacciones /las care raja/
Del orto semblante
La ortopoiesis del ortofacto
La ortología de los ortólogos
Diarreicos del ortológico
Las ortoanalistas del videt
Las oretografía simiótica del aKKK
Los ortofactos los ortofactos
Los ortoedros los ortoedros
Los ortopédicos pédicos los ortorrinos
La ortoterapia del fornicio
Y el origen de la obra del Orto
La ortótica pue
La ortótica pue
Los ortofallidos del acto po
Los ortofallidos del acto po”
Pablo Wajner.
“Ciudad vacía
No hay nadie
Soy yo y
El basurero
Que se llena”
Matías Andujar
“Las piedras no descienden y
No tienen descendientes
A quien tiene más palabra que cara
Y si no salimos
Y si nos quedamos encerrados
Afuera de los edificios gritan que se caen
Nos sentamos en el mismo lado de la mesa
El cuello nunca duele
Mi cuello no se queja
Y la cabeza piensa
En mi mano y en tu pierna
Cuando el silencio nos toma de la mano
Todas las palabras tienen algo de sorpresa
No tengo pocas ganas de estar donde estoy”
Manuela Ossa
No la pierdan de vista.
Chanson de una dama en la sombra
Cuando viene la silenciosa y decapita los tulipanes:
¿Quién gana?
Quién pierde?
¿Quién va a la ventana?
¿Quién nombra su nombre primero?
Es uno que lleva mi pelo.
Lo lleva como se lleva a los muertos en las manos.
Lo lleva como el cielo llevó mi pelo el año en que amaba.
Lo lleva así por vanidad.
Ese gana.
Ese no pierde.
Ese no va a la ventana.
Ese no nombra su nombre.
Es uno que tiene mis ojos.
Los tiene desde que los portones se cerraron.
Los lleva en el dedo como anillos.
Los lleva como trizas de placer y zafiro:
él ya era mi hermano en otoño;
ya cuenta los días y noches.
Ese gana.
Ese no pierde.
Ese no va a la ventana.
Ese nombra su nombre al final.
Es uno que tiene lo que dije.
Lo lleva bajo el brazo como un hato.
Lo lleva como el reloj su más mala hora.
Lo lleva de umbral en umbral, y nunca lo arroja.
Ese no gana.
Ese pierde.
Ese va hacia la ventana.
Ese nombra su nombre primero.
Ese es con los tulipanes decapitado.
Paul Celan
¿Quién gana?
Quién pierde?
¿Quién va a la ventana?
¿Quién nombra su nombre primero?
Es uno que lleva mi pelo.
Lo lleva como se lleva a los muertos en las manos.
Lo lleva como el cielo llevó mi pelo el año en que amaba.
Lo lleva así por vanidad.
Ese gana.
Ese no pierde.
Ese no va a la ventana.
Ese no nombra su nombre.
Es uno que tiene mis ojos.
Los tiene desde que los portones se cerraron.
Los lleva en el dedo como anillos.
Los lleva como trizas de placer y zafiro:
él ya era mi hermano en otoño;
ya cuenta los días y noches.
Ese gana.
Ese no pierde.
Ese no va a la ventana.
Ese nombra su nombre al final.
Es uno que tiene lo que dije.
Lo lleva bajo el brazo como un hato.
Lo lleva como el reloj su más mala hora.
Lo lleva de umbral en umbral, y nunca lo arroja.
Ese no gana.
Ese pierde.
Ese va hacia la ventana.
Ese nombra su nombre primero.
Ese es con los tulipanes decapitado.
Paul Celan
28 noviembre 2007
Lunes 22, mayo

"Estilo y pobreza. Me arrancaría los ojos. Quedo fuera del monasterio. Y de estilo: Giacometti cojo, descontento, zarandeado, pasado a llevar, empujado, a violentos golpes en el hombro, hasta el muro infranqueable. Abro mi frustración como un libro. Me han obligado a tomar asiento. Lloro mientras leo. Me paso la mano por el pelo. Sin que se den cuenta cierro los ojos y me veo. Solo en una pieza bien encerada junto a una mesa. La cortina esta cerrada. O sueño que soy delgado, tierno y flexible como una varilla. Soy el punto de una i latina. Me golpean si abro los ojos. Si los cierro me avergüenzo, me anulo, me vuelvo antiestético, enano y comerciante. Mi último recurso, el buen rato en una lengua espiritual, la ropa (la pinta), el ascetismo, Simone Weil, el monasterio, el mendicante no es chico. Noto que me falta el martirio. Pulverizarme de veras. Ridiculizarme. Indiferenciarme. Des-estimarme. Des-antiestetizarme".
Claudio Bertoni
“Rápido, antes de llorar. Cuadernos 1976 – 1978”
Claudio Bertoni
“Rápido, antes de llorar. Cuadernos 1976 – 1978”
Diccionario Crítico

Ojo
Golosina caníbal. Es sabido que el hombre civilizado se caracteriza por la agudeza de unos horrores a menudo poco explicables. El temor a los insectos es sin duda uno de los más singulares y de los más desarrollados de esos horrores, entre los cuales nos sorprende encontrar el temor al ojo. En efecto, acerca del ojo parece imposible pronunciar otra palabra que no sea seducción, pues nada es más atractivo en los cuerpos de los animales y de los hombres. Pero la seducción extrema probablemente está en el límite con el horror. Al respecto, el ojo podría ser relacionado con lo cortante, cuyo aspecto provoca igualmente reacciones agudas y contradictorias: es lo que debieron experimentar terrible y oscuramente los autores de El perro andaluz cuando en las primeras imágenes del film decidieron los amores sangrientos de esos dos seres. Una navaja cortando con precisión el ojo deslumbrante de una mujer joven y encantadora es lo que hubiera admirado hasta la locura un joven al que miraba un gatito acostado, y que teniendo casualmente en la mano una cuchara de café, de golpe tuvo ganas de sorber un ojo con la cuchara. Deseo singular, evidentemente, de parte de un blanco a quien los ojos de vacas, corderos y cerdos que come siempre se le ocultan. Pues el ojo, según la exquisita expresión de Stevenson, golosina caníbal, es para nosotros el objeto de tanta inquietud que nunca lo morderíamos. El ojo ocupa incluso un rango extremadamente elevado en el horror ya que es, entre otras cosas, el ojo de la conciencia. Es bastante conocido el poema de Víctor Hugo, el ojo obsesivo y lúgubre, ojo vivo y espantosamente soñado por Grandville durante una pesadilla poco antes de su muerte2: el criminal "sueña que acaba de herir a un hombre en un bosque oscuro... La sangre humana ha sido derramada y, según una expresión que impone a la mente una feroz imagen, ha hecho que un roble sude. En efecto, no es un hombre sino un tronco de árbol... sangrando... que se agita y se debate... bajo el arma asesina. Las manos de la víctima se alzan en vano suplicantes. La sangre sigue corriendo". Entonces aparece el ojo enorme que se abre en un cielo negro persiguiendo al criminal a través del espacio, hasta el fondo de los mares donde lo devora luego de haber tomado la forma de un pez. Sin embargo, innumerables ojos se multiplican bajo las olas. Grandville escribe al respecto: "¿Serían acaso los mil ojos de la multitud atraída por el espectáculo del suplicio inminente?" ¿Y por qué esos ojos absurdos se sentirían atraídos, como una nube de moscas, por algo repugnante? ¿Por qué igualmente en la tapa de un semanario ilustrado completamente sádico, publicado en París entre 1907 y 1924, aparece regularmente un ojo contra un fondo rojo encima de espectáculos sangrientos? ¿Por qué El Ojo de la Policía, semejante al ojo de la justicia humana en la pesadilla de Grandville, después de todo no es más que la expresión de una ciega sed de sangre? Semejante además al ojo de Crampon, condenado a muerte que un instante antes de que cayera la cuchilla es requerido por el capellán: rechazó al capellán pero se enucleó y le hizo el regalo jovial del ojo así arrancado, porque ese ojo era de vidrio.
Matadero
El matadero depende de la religión en el sentido de que los templos en épocas remotas (sin mencionar a los hindúes en nuestros días), tenían una doble función: servían al mismo tiempo para las plegarias y las matanzas. De donde resultó sin duda alguna (lo podemos juzgar por el aspecto caótico de los mataderos actuales) una perturbadora coincidencia entre los misterios mitológicos y la grandeza lúgubre característica de los lugares donde corre la sangre. Es curioso ver que en Norteamérica se expresa una queja aguda cuando W. B. Seabrook constata que la vida orgiástica ha subsistido, pero que ya no se añade a los cócteles la sangre de los sacrificios, y considera insípidas las costumbres actuales. No obstante, en el presente el matadero es maldito y puesto en cuarentena como un barco infectado de cólera. Pero las víctimas de esa maldición no son los matarifes o los animales, sino esa misma buena gente que ha llegado a no poder soportar más que su propia fealdad, una fealdad que responde en efecto a una enfermiza necesidad de limpieza, de pequeñez biliosa y de tedio: la maldición (que sólo aterroriza a quienes la profieren) los obliga a vegetar tan lejos como sea posible de los mataderos, a exilarse por corrección en un mundo amorfo donde ya no existe nada horrible y donde, sufriendo la indeleble obsesión de la ignominia, se ven reducidos a comer queso.
Informe
Un diccionario comenzaría a partir del momento en que ya no suministra el sentido sino los usos de las palabras. Así, informe no es solamente un adjetivo con determinado sentido sino también un término que sirve para descalificar, exigiendo generalmente que cada cosa tenga su forma. Lo que designa carece de derecho propio en cualquier sentido y se deja aplastar en todas partes como una araña o una lombriz. Haría falta, en efecto –para que los académicos estén contentos- que el universo cobre forma. La filosofía entera no tiene otro objeto: se trata de ponerle un traje a lo que existe, un traje matemático. En cambio, afirmar que el universo no se asemeja a nada y que sólo es informe significa que el universo es algo así como una araña o un escupitajo.
Boca
La boca es el comienzo o, si se quiere, la proa de los animales: en los casos más característicos es la parte más vivaz, es decir, la más aterradora para los animales vecinos. Pero el hombre no tiene una arquitectura tan sencilla como los animales, y ni siquiera es posible decir dónde comienza. En rigor comienza por la parte superior del cráneo, pero lo alto del cráneo es una parte insignificante, incapaz de atraer la atención y son los ojos o la frente los que desempeñan el papel significativo de la mandíbula de los animales. Entre los hombres civilizados la boca incluso ha perdido el aspecto relativamente prominente que todavía tiene entre los salvajes. No obstante, la significación violenta de la boca se ha conservado en estado latente: se recupera de pronto con una expresión literalmente caníbal como bocas de fuego, aplicada a los cañones por medio de los cuales los hombres se matan entre sí. Y en las grandes ocasiones la vida humana todavía se concentra bestialmente en la boca, la ira que hace apretar los dientes, el terror y el sufrimiento atroz que hacen de la boca el órgano de unos gritos desgarradores. Resulta fácil observar al respecto que el individuo trastornado levanta la cabeza estirando el cuello frenéticamente, de modo que su boca llegue a ubicarse, tanto como sea posible, en continuidad con la columna vertebral, es decir, en la posición que normalmente ocupa en la constitución animal. Como si unos impulsos explosivos debieran surgir directamente del cuerpo a través de la boca en forma de vociferaciones. Este hecho pone de relieve a la vez la importancia de la boca en la fisiología o incluso en la psicología animal y la importancia general de la extremidad superior o anterior del cuerpo, orificio de los impulsos físicos profundos: vemos al mismo tiempo que un hombre puede liberar esos impulsos al menos de dos maneras diferentes, con el cerebro o con la boca, pero apenas se tornan violentos se ve obligado a recurrir a la forma bestial de liberarlos. De allí el carácter de constipación estrecha de una actitud estrictamente humana, el aspecto magistral de la cara con la boca cerrada, hermosa como una caja fuerte.
Georges Bataille
“La conjuración sagrada. Ensayos 1929 – 1939”
Golosina caníbal. Es sabido que el hombre civilizado se caracteriza por la agudeza de unos horrores a menudo poco explicables. El temor a los insectos es sin duda uno de los más singulares y de los más desarrollados de esos horrores, entre los cuales nos sorprende encontrar el temor al ojo. En efecto, acerca del ojo parece imposible pronunciar otra palabra que no sea seducción, pues nada es más atractivo en los cuerpos de los animales y de los hombres. Pero la seducción extrema probablemente está en el límite con el horror. Al respecto, el ojo podría ser relacionado con lo cortante, cuyo aspecto provoca igualmente reacciones agudas y contradictorias: es lo que debieron experimentar terrible y oscuramente los autores de El perro andaluz cuando en las primeras imágenes del film decidieron los amores sangrientos de esos dos seres. Una navaja cortando con precisión el ojo deslumbrante de una mujer joven y encantadora es lo que hubiera admirado hasta la locura un joven al que miraba un gatito acostado, y que teniendo casualmente en la mano una cuchara de café, de golpe tuvo ganas de sorber un ojo con la cuchara. Deseo singular, evidentemente, de parte de un blanco a quien los ojos de vacas, corderos y cerdos que come siempre se le ocultan. Pues el ojo, según la exquisita expresión de Stevenson, golosina caníbal, es para nosotros el objeto de tanta inquietud que nunca lo morderíamos. El ojo ocupa incluso un rango extremadamente elevado en el horror ya que es, entre otras cosas, el ojo de la conciencia. Es bastante conocido el poema de Víctor Hugo, el ojo obsesivo y lúgubre, ojo vivo y espantosamente soñado por Grandville durante una pesadilla poco antes de su muerte2: el criminal "sueña que acaba de herir a un hombre en un bosque oscuro... La sangre humana ha sido derramada y, según una expresión que impone a la mente una feroz imagen, ha hecho que un roble sude. En efecto, no es un hombre sino un tronco de árbol... sangrando... que se agita y se debate... bajo el arma asesina. Las manos de la víctima se alzan en vano suplicantes. La sangre sigue corriendo". Entonces aparece el ojo enorme que se abre en un cielo negro persiguiendo al criminal a través del espacio, hasta el fondo de los mares donde lo devora luego de haber tomado la forma de un pez. Sin embargo, innumerables ojos se multiplican bajo las olas. Grandville escribe al respecto: "¿Serían acaso los mil ojos de la multitud atraída por el espectáculo del suplicio inminente?" ¿Y por qué esos ojos absurdos se sentirían atraídos, como una nube de moscas, por algo repugnante? ¿Por qué igualmente en la tapa de un semanario ilustrado completamente sádico, publicado en París entre 1907 y 1924, aparece regularmente un ojo contra un fondo rojo encima de espectáculos sangrientos? ¿Por qué El Ojo de la Policía, semejante al ojo de la justicia humana en la pesadilla de Grandville, después de todo no es más que la expresión de una ciega sed de sangre? Semejante además al ojo de Crampon, condenado a muerte que un instante antes de que cayera la cuchilla es requerido por el capellán: rechazó al capellán pero se enucleó y le hizo el regalo jovial del ojo así arrancado, porque ese ojo era de vidrio.
Matadero
El matadero depende de la religión en el sentido de que los templos en épocas remotas (sin mencionar a los hindúes en nuestros días), tenían una doble función: servían al mismo tiempo para las plegarias y las matanzas. De donde resultó sin duda alguna (lo podemos juzgar por el aspecto caótico de los mataderos actuales) una perturbadora coincidencia entre los misterios mitológicos y la grandeza lúgubre característica de los lugares donde corre la sangre. Es curioso ver que en Norteamérica se expresa una queja aguda cuando W. B. Seabrook constata que la vida orgiástica ha subsistido, pero que ya no se añade a los cócteles la sangre de los sacrificios, y considera insípidas las costumbres actuales. No obstante, en el presente el matadero es maldito y puesto en cuarentena como un barco infectado de cólera. Pero las víctimas de esa maldición no son los matarifes o los animales, sino esa misma buena gente que ha llegado a no poder soportar más que su propia fealdad, una fealdad que responde en efecto a una enfermiza necesidad de limpieza, de pequeñez biliosa y de tedio: la maldición (que sólo aterroriza a quienes la profieren) los obliga a vegetar tan lejos como sea posible de los mataderos, a exilarse por corrección en un mundo amorfo donde ya no existe nada horrible y donde, sufriendo la indeleble obsesión de la ignominia, se ven reducidos a comer queso.
Informe
Un diccionario comenzaría a partir del momento en que ya no suministra el sentido sino los usos de las palabras. Así, informe no es solamente un adjetivo con determinado sentido sino también un término que sirve para descalificar, exigiendo generalmente que cada cosa tenga su forma. Lo que designa carece de derecho propio en cualquier sentido y se deja aplastar en todas partes como una araña o una lombriz. Haría falta, en efecto –para que los académicos estén contentos- que el universo cobre forma. La filosofía entera no tiene otro objeto: se trata de ponerle un traje a lo que existe, un traje matemático. En cambio, afirmar que el universo no se asemeja a nada y que sólo es informe significa que el universo es algo así como una araña o un escupitajo.
Boca
La boca es el comienzo o, si se quiere, la proa de los animales: en los casos más característicos es la parte más vivaz, es decir, la más aterradora para los animales vecinos. Pero el hombre no tiene una arquitectura tan sencilla como los animales, y ni siquiera es posible decir dónde comienza. En rigor comienza por la parte superior del cráneo, pero lo alto del cráneo es una parte insignificante, incapaz de atraer la atención y son los ojos o la frente los que desempeñan el papel significativo de la mandíbula de los animales. Entre los hombres civilizados la boca incluso ha perdido el aspecto relativamente prominente que todavía tiene entre los salvajes. No obstante, la significación violenta de la boca se ha conservado en estado latente: se recupera de pronto con una expresión literalmente caníbal como bocas de fuego, aplicada a los cañones por medio de los cuales los hombres se matan entre sí. Y en las grandes ocasiones la vida humana todavía se concentra bestialmente en la boca, la ira que hace apretar los dientes, el terror y el sufrimiento atroz que hacen de la boca el órgano de unos gritos desgarradores. Resulta fácil observar al respecto que el individuo trastornado levanta la cabeza estirando el cuello frenéticamente, de modo que su boca llegue a ubicarse, tanto como sea posible, en continuidad con la columna vertebral, es decir, en la posición que normalmente ocupa en la constitución animal. Como si unos impulsos explosivos debieran surgir directamente del cuerpo a través de la boca en forma de vociferaciones. Este hecho pone de relieve a la vez la importancia de la boca en la fisiología o incluso en la psicología animal y la importancia general de la extremidad superior o anterior del cuerpo, orificio de los impulsos físicos profundos: vemos al mismo tiempo que un hombre puede liberar esos impulsos al menos de dos maneras diferentes, con el cerebro o con la boca, pero apenas se tornan violentos se ve obligado a recurrir a la forma bestial de liberarlos. De allí el carácter de constipación estrecha de una actitud estrictamente humana, el aspecto magistral de la cara con la boca cerrada, hermosa como una caja fuerte.
Georges Bataille
“La conjuración sagrada. Ensayos 1929 – 1939”
12 noviembre 2007
La era de las manos teñidas.
La era de las manos teñidas comenzó poco después de los suicidios erróneos, cuando el panadero especialista en bollos Herzog J advirtió que, en cuanto perdía de vista los bollos, estos tendían a desaparecer. Repitió la operación en numerosas ocasiones, distribuyendo los bollos en distintos lugares de la panadería, señalando incluso su precisa ubicación con un lápiz de carbón, y en todas ellas, cuando se descuida un solo segundo y volvía a mirar, se encontraba únicamente la marca del lugar donde habían estado los bollos.
Me roban, declaró.
Llegados a este momento de nuestra historia, el Eminente Rabino Fagel F (véase también APÉNDICE B: LISTADO DE RABINOS DE LA CONGREGACIÓN VERTICAL) era también el encargado de ejecutar las leyes. De manera que, con el fin de llevar a cabo una exhaustiva investigación del hecho, ordenó que todos los habitantes del shtetl fueran considerados sospechosos, culpables hasta que se demostrase lo contrario. TEÑIREMOS LAS MANOS DE CADA UNO DE LOS CIUDADANOS DE UN COLOR DISTINTO, dijo, Y DE ESTE MODO DESCUBRIREMOS QUIÉN HA ESTADO HURGANDO EN LA PANADERÍA DE HERZOG.
Las de Lippa R fueron teñidas de rojo sangre. Las de Pelsa G del mismo verde esperanza de sus ojos. Las de Mica P de un sutil tono púrpura, como la línea del horizonte cuando se recorta sobre las siluetas de los árboles del bosque de Radziwell en la puesta de soldel tercer Sábat del mes de Noviembre. Ni una sola mano escapó a la prueba. Para ser justos se tiñeron incluso las manos de Herzog J, de rosa, el color de una especie singular de mariposa, la Troides helena, que resultó haber muerto en la mesa de trabajo de Dickle D, el químico inventor del producto que no podía lavarse pero dejaba marcas en todo aquello que tocaban las manos teñidas por él.
El resultado fue que un simple ratón, que el destino le haya condenado a una eternidad en las proximidades de un culo maloliente, era el culpable de la desaparición de los bollos, y jamás se vio un solo color por el mostrador de la panadería.
Pero sí en muchas otras partes.
Shlomo V halló restos de gris plateado entre las piernas de su esposa, Chebra, que su conducta no se repita en esta ni en la otra vida, y no dijo nada: se limitó a teñir de verde sus pechos y luego bañarlos de semen blanco. La sacó desnuda a las calles grises de luna, empujándola de casa en casa, magullándose los nudillos hasta dejarlos de un negro violáceo de tanto llamar a las puertas. La obligó a contemplar cómo le cortaba los testículos a Samuel R, quien, con los dedos plateados unidos pidiendo clemencia, clamaba, ambiguamente, Ha sido un error. Colores por todas partes. Las huellas índigo del Eminente Rabino Fagel F aparecieron en numerosas publicaciones no religiosas. El acerado morado labial de la llorosa viuda Shifrah K manchaba la tumba de su marido en el cementerio del shtetl, como un dibujo infantil. Todos se apresuraron a acusar a Irwin P de frotar sus manos marrones por toda la figura de la Esfera. ¡Egoísta! Le gritaron. Acaparador de milagros. Pero no eran sus manos, sino las de todos, un arco iris multicolor compuesto por las manos de todos los ciudadanos del shtetl que habían rezado para tener hijos hermosos, prolongar sus vidas, guarecerse de los relámpagos y conseguir el amor.
El shtetl quedó decorado por los actos de sus ciudadanos, y ya que se usaron todos y cada uno de los colores –a excepción del color del mostrador, por supuesto- resultaba imposible decidir qué había sido alterado por las manos ajenas o qué conservaba su aspecto original. Se rumoreaba que Getzel G había acariciado en secreto todos los violines del violinista -¡a pesar de que no sabía tocar el violín!- ya que las cuerdas tenían el color de sus dedos. La gente murmuraba que Gesha R debía de tener la habilidad de un acróbata: ¿cómo si no podía explicarse que la línea de error judío-humana hubiera adquirido exactamente el tono amarillo que mostraban las palmas de sus manos?. Y cuando el rubor de las mejillas de una colegiala fue confundido con el color púrpura de los dedos de un hombre sagrado, fue la niña la insultada: puta, ramera, furcia.
Jonathan Safran Foer
“Todo está iluminado”
Me roban, declaró.
Llegados a este momento de nuestra historia, el Eminente Rabino Fagel F (véase también APÉNDICE B: LISTADO DE RABINOS DE LA CONGREGACIÓN VERTICAL) era también el encargado de ejecutar las leyes. De manera que, con el fin de llevar a cabo una exhaustiva investigación del hecho, ordenó que todos los habitantes del shtetl fueran considerados sospechosos, culpables hasta que se demostrase lo contrario. TEÑIREMOS LAS MANOS DE CADA UNO DE LOS CIUDADANOS DE UN COLOR DISTINTO, dijo, Y DE ESTE MODO DESCUBRIREMOS QUIÉN HA ESTADO HURGANDO EN LA PANADERÍA DE HERZOG.
Las de Lippa R fueron teñidas de rojo sangre. Las de Pelsa G del mismo verde esperanza de sus ojos. Las de Mica P de un sutil tono púrpura, como la línea del horizonte cuando se recorta sobre las siluetas de los árboles del bosque de Radziwell en la puesta de soldel tercer Sábat del mes de Noviembre. Ni una sola mano escapó a la prueba. Para ser justos se tiñeron incluso las manos de Herzog J, de rosa, el color de una especie singular de mariposa, la Troides helena, que resultó haber muerto en la mesa de trabajo de Dickle D, el químico inventor del producto que no podía lavarse pero dejaba marcas en todo aquello que tocaban las manos teñidas por él.
El resultado fue que un simple ratón, que el destino le haya condenado a una eternidad en las proximidades de un culo maloliente, era el culpable de la desaparición de los bollos, y jamás se vio un solo color por el mostrador de la panadería.
Pero sí en muchas otras partes.
Shlomo V halló restos de gris plateado entre las piernas de su esposa, Chebra, que su conducta no se repita en esta ni en la otra vida, y no dijo nada: se limitó a teñir de verde sus pechos y luego bañarlos de semen blanco. La sacó desnuda a las calles grises de luna, empujándola de casa en casa, magullándose los nudillos hasta dejarlos de un negro violáceo de tanto llamar a las puertas. La obligó a contemplar cómo le cortaba los testículos a Samuel R, quien, con los dedos plateados unidos pidiendo clemencia, clamaba, ambiguamente, Ha sido un error. Colores por todas partes. Las huellas índigo del Eminente Rabino Fagel F aparecieron en numerosas publicaciones no religiosas. El acerado morado labial de la llorosa viuda Shifrah K manchaba la tumba de su marido en el cementerio del shtetl, como un dibujo infantil. Todos se apresuraron a acusar a Irwin P de frotar sus manos marrones por toda la figura de la Esfera. ¡Egoísta! Le gritaron. Acaparador de milagros. Pero no eran sus manos, sino las de todos, un arco iris multicolor compuesto por las manos de todos los ciudadanos del shtetl que habían rezado para tener hijos hermosos, prolongar sus vidas, guarecerse de los relámpagos y conseguir el amor.
El shtetl quedó decorado por los actos de sus ciudadanos, y ya que se usaron todos y cada uno de los colores –a excepción del color del mostrador, por supuesto- resultaba imposible decidir qué había sido alterado por las manos ajenas o qué conservaba su aspecto original. Se rumoreaba que Getzel G había acariciado en secreto todos los violines del violinista -¡a pesar de que no sabía tocar el violín!- ya que las cuerdas tenían el color de sus dedos. La gente murmuraba que Gesha R debía de tener la habilidad de un acróbata: ¿cómo si no podía explicarse que la línea de error judío-humana hubiera adquirido exactamente el tono amarillo que mostraban las palmas de sus manos?. Y cuando el rubor de las mejillas de una colegiala fue confundido con el color púrpura de los dedos de un hombre sagrado, fue la niña la insultada: puta, ramera, furcia.
Jonathan Safran Foer
“Todo está iluminado”
El sentido mundano: crítica literaria y prensa en Chile.
“Diseccionar, penetrar, mortificar una obra para que diga siempre algo más. La crítica sería, entonces, el intento por develar aquello que la propia literatura oculta a la mirada primera; la crítica como perseguidor de nuevas interpretaciones, de sentidos subyacentes. En donde crítica, como meta-propósito, busca explicar su voluntad de trabajo así como su voluntad de poder. ¿Bajo que condiciones debemos entender la crítica literaria en medios de comunicación hoy?. La respuesta a esta interrogante supone desestimar muchas cualidades que como discurso crítico debiese comprender. Si hoy lo que llamamos, no sin cierto relajo conceptual “crítica literaria” en la prensa, es más bien mero ejercicio reseñístico, confinado al comentario se debe, en cierta medida a un desajuste teórico metodológico e histórico que ha restado al ejercicio crítico su capacidad cierta de proyectarse en un campo que exceda lo netamente literario, y actúe en consonancia con las condiciones –sociales, políticas, culturales- que lo propician”.
“Aquel cenagoso estadio al que se confinaron las intenciones críticas, logra presentar sólo leves mejorías. Este desajuste, este problema de la comunicación asumida como crítica aparece en todos sus niveles como un problema de realización de comunidad, donde la relación con el ‘otro’, es decir, nuestras relaciones de fuerza y poder, nuestras disputas por la interpretación y el sentido del mundo, lo que Said denomina “mundaneidad”, ha desaparecido y su lugar ha sido ocupado por una ingenuidad “donde mundo y representación es un único armado, artefacto constructor de simulacros, orquestador de una permanente continuidad entre tecnodominio y tecnoanálisis, donde hecho y mirada consienten aparecer al unísono como consumo y consuelo” (Casullo, 1998: 17-18). Las condiciones de este período dejarán una clara huella en las posteriores generaciones críticas. Y si hoy podemos reconocer la insuficiencia de la crítica de una proyección real, se debe a la imposición del miedo como limitante del reconocimiento de la crisis. Predeterminado a un curso inocuo y mantenido más como simulacro cultural que como opción de corte, el crítico que logra tomar aire a inicios de los ’90, aún sufre la extinción de las preguntas, el mutismo de los antecedentes”.
“La crítica secular, por su parte, plantea, a través de la suma del valor estético y la situación en redes de poder y saber, el reconocimiento del texto en su mundaneidad, en su ligazón con el tiempo, la sociedad, el lugar y la circunstancia, en su contextualización a sí mismo. De allí que un primer paso sea la constitución de un sujeto crítico en su autonomía, en donde se posicionan en primera fila la subjetividad, los valores, políticos, sociales y humanos del sujeto crítico contra la determinación que sobre él mantienen los grandes conglomerados mediáticos, de modo de lograr que el lugar cómplice del crítico en su táctica devenga resistencia, devenga crítica. Aquí debemos retomar la idea de comunidad antes insinuada, pues si aceptamos que la crítica “es siempre contextualizada; es escéptica, secular y está reflexivamente abierta a sus propios defectos” (Said; 2004: 42), aceptamos que participa en un comunidad interpretativa, la que le otorga legitimidad, validez, permanencia; relación a partir de la cual, el crítico debe alumbrar respecto a la situación social y política en que se hayan implicadas las voces interpretativas”.
“La necesaria vinculación del crítico con la mundaneidad del texto, halla una razón de ser en la referencia de Angenot respecto a la caducidad de los discursos sociales. Éstos, como las propias manifestaciones que lo constituyen, funciona dentro de un determinado período temporal, en determinadas condiciones. Lo que aflora es la urgente vinculación de un texto con su época, con las determinadas circunstancias sobre las que se lee. Es, a fin de cuentas, en sus condiciones de producción y de reconocimiento en donde el crítico secular articula un campo de fuerza. Lo que Verón denomina ‘gramáticas de producción y reconocimiento’ son los polos sobre los que se constituye la circulación del discurso. Allí se ubica la crítica, en el espacio en que la pregunta por el sentido del texto y sus significaciones brotan. Frente a paleta de sentidos posibles, una crítica situada, secular, establece las condicionantes con respecto a su reconocimiento, evitando lecturas aberrantes o simplemente inofensivas. Para lograr esto, la crítica adopta la forma del signo, en tanto posibilidades de sentido y representación del objeto, de modo de convertirse en “aquello cuyo conocimiento se supone para poder comunicar informaciones suplementarias que le conciernen” (Verón; 1987:130). AsÍ se define la relación del signo con su objeto, de la crítica con el texto literario que mortifica, generando en consecuencia, lo que Verón denomina ‘objeto inmediato’, y que se refiere nada menos que a la representación del objeto en el signo. Es aquí en donde se genera el campo de fuerza del que hemos venido hablando. Surge, del propio signo, una “representación de segundo grado, una representación de la relación entre la representación y su objeto” (Verón, 1987: 118). Ésta surge del eco de la semiosis en la representación primera dirigida a cada signo en su particularidad. Aquí se halla la imposibilidad de cada signo, de cada crítica de acabar el objeto en sus dimensiones, el cual siempre la desborda, permitiendo los ejercicios de interpretación y su multiplicación”.
“El sentido mundano: “Problemática cultural entendida como espacio radicalizado de una reflexión teórico-crítica que no concilia con decisiones lógicas, lenguajes y horizontes tecno-instrumentales de la dominante cultural, es decir, con lo devenido poderes, modelos y prácticas de los saberes” (Casullo, 1998: 64). Si el poder, aquella relación de un punto a otro de la que habla Foucault, está presente en todo discurso, la herida que inflinge el crítico apunta al vínculo entre el texto literario y la coacción a la que es sometido por los medios de comunicación, en donde se le despoja de su significante autónomo para asimilarlo a una interpretación ideológica que lo vuelve inofensivo, meramente ‘útil’. Aquí radica la cualidad de ‘única posibilidad’ que plantea la violencia ideológica. Frente a ello, la disconformidad con las dominancias y la desacralización que propone la crítica, en cuanto a la interrogación por el sentido y por lo que importa en la Cultura (o la versión de ésta que se busca) es la chance que encierra la posibilidad frente a la serialización de la experiencia”.
Extractos de “El sentido mundano: crítica literaria situada y prensa en Chile”, texto leído en el VII Congreso Nacional y II Congreso Internacional de la Asociación Argentina de Semiótica. Temporalidades, en homenaje a Nicolás Rosa. 7 al 10 de Noviembre de 2007. Centro Cultural Bernardino Rivadavia, Rosario, Argentina.
“Aquel cenagoso estadio al que se confinaron las intenciones críticas, logra presentar sólo leves mejorías. Este desajuste, este problema de la comunicación asumida como crítica aparece en todos sus niveles como un problema de realización de comunidad, donde la relación con el ‘otro’, es decir, nuestras relaciones de fuerza y poder, nuestras disputas por la interpretación y el sentido del mundo, lo que Said denomina “mundaneidad”, ha desaparecido y su lugar ha sido ocupado por una ingenuidad “donde mundo y representación es un único armado, artefacto constructor de simulacros, orquestador de una permanente continuidad entre tecnodominio y tecnoanálisis, donde hecho y mirada consienten aparecer al unísono como consumo y consuelo” (Casullo, 1998: 17-18). Las condiciones de este período dejarán una clara huella en las posteriores generaciones críticas. Y si hoy podemos reconocer la insuficiencia de la crítica de una proyección real, se debe a la imposición del miedo como limitante del reconocimiento de la crisis. Predeterminado a un curso inocuo y mantenido más como simulacro cultural que como opción de corte, el crítico que logra tomar aire a inicios de los ’90, aún sufre la extinción de las preguntas, el mutismo de los antecedentes”.
“La crítica secular, por su parte, plantea, a través de la suma del valor estético y la situación en redes de poder y saber, el reconocimiento del texto en su mundaneidad, en su ligazón con el tiempo, la sociedad, el lugar y la circunstancia, en su contextualización a sí mismo. De allí que un primer paso sea la constitución de un sujeto crítico en su autonomía, en donde se posicionan en primera fila la subjetividad, los valores, políticos, sociales y humanos del sujeto crítico contra la determinación que sobre él mantienen los grandes conglomerados mediáticos, de modo de lograr que el lugar cómplice del crítico en su táctica devenga resistencia, devenga crítica. Aquí debemos retomar la idea de comunidad antes insinuada, pues si aceptamos que la crítica “es siempre contextualizada; es escéptica, secular y está reflexivamente abierta a sus propios defectos” (Said; 2004: 42), aceptamos que participa en un comunidad interpretativa, la que le otorga legitimidad, validez, permanencia; relación a partir de la cual, el crítico debe alumbrar respecto a la situación social y política en que se hayan implicadas las voces interpretativas”.
“La necesaria vinculación del crítico con la mundaneidad del texto, halla una razón de ser en la referencia de Angenot respecto a la caducidad de los discursos sociales. Éstos, como las propias manifestaciones que lo constituyen, funciona dentro de un determinado período temporal, en determinadas condiciones. Lo que aflora es la urgente vinculación de un texto con su época, con las determinadas circunstancias sobre las que se lee. Es, a fin de cuentas, en sus condiciones de producción y de reconocimiento en donde el crítico secular articula un campo de fuerza. Lo que Verón denomina ‘gramáticas de producción y reconocimiento’ son los polos sobre los que se constituye la circulación del discurso. Allí se ubica la crítica, en el espacio en que la pregunta por el sentido del texto y sus significaciones brotan. Frente a paleta de sentidos posibles, una crítica situada, secular, establece las condicionantes con respecto a su reconocimiento, evitando lecturas aberrantes o simplemente inofensivas. Para lograr esto, la crítica adopta la forma del signo, en tanto posibilidades de sentido y representación del objeto, de modo de convertirse en “aquello cuyo conocimiento se supone para poder comunicar informaciones suplementarias que le conciernen” (Verón; 1987:130). AsÍ se define la relación del signo con su objeto, de la crítica con el texto literario que mortifica, generando en consecuencia, lo que Verón denomina ‘objeto inmediato’, y que se refiere nada menos que a la representación del objeto en el signo. Es aquí en donde se genera el campo de fuerza del que hemos venido hablando. Surge, del propio signo, una “representación de segundo grado, una representación de la relación entre la representación y su objeto” (Verón, 1987: 118). Ésta surge del eco de la semiosis en la representación primera dirigida a cada signo en su particularidad. Aquí se halla la imposibilidad de cada signo, de cada crítica de acabar el objeto en sus dimensiones, el cual siempre la desborda, permitiendo los ejercicios de interpretación y su multiplicación”.
“El sentido mundano: “Problemática cultural entendida como espacio radicalizado de una reflexión teórico-crítica que no concilia con decisiones lógicas, lenguajes y horizontes tecno-instrumentales de la dominante cultural, es decir, con lo devenido poderes, modelos y prácticas de los saberes” (Casullo, 1998: 64). Si el poder, aquella relación de un punto a otro de la que habla Foucault, está presente en todo discurso, la herida que inflinge el crítico apunta al vínculo entre el texto literario y la coacción a la que es sometido por los medios de comunicación, en donde se le despoja de su significante autónomo para asimilarlo a una interpretación ideológica que lo vuelve inofensivo, meramente ‘útil’. Aquí radica la cualidad de ‘única posibilidad’ que plantea la violencia ideológica. Frente a ello, la disconformidad con las dominancias y la desacralización que propone la crítica, en cuanto a la interrogación por el sentido y por lo que importa en la Cultura (o la versión de ésta que se busca) es la chance que encierra la posibilidad frente a la serialización de la experiencia”.
Extractos de “El sentido mundano: crítica literaria situada y prensa en Chile”, texto leído en el VII Congreso Nacional y II Congreso Internacional de la Asociación Argentina de Semiótica. Temporalidades, en homenaje a Nicolás Rosa. 7 al 10 de Noviembre de 2007. Centro Cultural Bernardino Rivadavia, Rosario, Argentina.
28 octubre 2007
Rápido, antes de llorar
"La Carmelita es bien calladita, bien tímida, nunca dice nada, sonríe no más, saluda y sonríe, cocina y sonríe, sirve y sonríe. Hoy día mientras hacía el aseo en la pieza de al lado escuché un golpe. Después silencio. Y después una risita -inaudible casi- en el baño: 'señora Bertita, me caí"
Claudio Bertoni
Rápido, antes de llorar. Cuadernos 1976 - 1978.
Claudio Bertoni
Rápido, antes de llorar. Cuadernos 1976 - 1978.
13 septiembre 2007
Fragmentos sobre Witold Gombrowicz

"La faceta que han querido implantar los Estudios Culturales es una norma progresista, políticamente correcta, moralista; que olvida el matiz conflictivo de la Cultura. En el ámbito de la literatura, este movimiento se traduce en una asfixiante marea de textos que, de antemano, construyen su receptor, se generan con la vista puesta en un tipo de lector que halla en las fórmulas la satisfacción de unas necesidades pre-construidas. Frente a la excesiva correspondencia de estímulos, de formas y públicos, ¿cómo sobrevive la literatura a la imposiciones categóricas que el mismo mercado impone?, ¿cómo manifiesta su ‘parte maldita’ en el juego de coincidencias, de escrituras naturalizadas a la idea del consumidor, al designio, al parecer, pleno de la industria cultural en cuanto a sus posibilidades, efectos, exigencias, necesidades y falencias?. Estas cuestiones resultan trascendentes en tiempos en que intención y escritura corren paralelas en busca de su destinatario, construyen su público con perfiles perfectamente identificables, coincidentes, irreprochables, al tiempo que la crítica se torna una transacción de influencias, una lectura impotente en relación a su sentido histórico y necesario. Sin oposiciones de ningún tipo, surgen al alero de los best-sellers otros fenómenos que logran instalarse en el curso inocuo de la Cultura. Destellan los mágicos dramas infanto-juveniles, los arrebatos en tonos pastel de la reciente historia política de Chile, la impotente escritura progre y la poesía de ánimo proletario confundida con el espíritu del arte por el arte. Breves pero certeros síntomas de la restricción que se impone violentamente sobre el carácter perverso de la literatura, transformándola en algo simple e infinitamente aburrido. En estas condiciones, nos interesa volver sobre el proyecto literario de Witold Gombrowicz, pues creemos que en su escritura subyacen formas de hacer frente a las condiciones de la literatura en la actualidad. Un proyecto literario marcado por constantes identitarias que juegan siempre una apuesta particular; que exhibe un gesto que se aventura en una mezcla de quinismo y voluntad poética de vastas posibilidades. Operar sobre la obra del escritor polaco una imaginación histórica en el sentido ‘benjaminiano’ de una memoria anticipada, capaz de entender las ruinas del pasado como el momento de riesgo del presente que compromete la propia existencia del futuro, reinscribiéndolo a través tanto de sus condiciones, por ejemplo, el exilio, así como de sus búsquedas, por ejemplo, la inmadurez, en un diálogo más fructífero con la cultura crítica contemporánea".
"El caso de Gombrowicz, exiliado en la Argentina, “es como un naufrago que aprende a vivir en cierto sentido con la tierra firme, no sobre ella, no como Robinson Crusoe, cuya meta es colonizar su pequeña isla, sino más bien como Marco Polo, cuyo sentido de lo maravilloso nunca le abandona y es siempre un viajero, un huésped provisional, no un aprovechado, conquistador o invasor”. El gesto de Gombrowicz se articula a partir de la memoria en tanto espacio. Su deriva por la tierra nueva permite, en consonancia con el recuerdo rememorativo, reconstruir aquel proyecto literario iniciado en 1937, trazar las primeras líneas de un ejercicio extensivo, de modo que el pasado no se transforme en añoranza paralizante, sino asumiendo los rasgos del encuentro entre el origen y el destino. Una de las cualidades que propician este modo de asumir la situación es la procedencia, pues Gombrowicz no llega desde las capitales centrales de Europa, sino de la indeterminada y siempre vapuleada Polonia; por lo tanto, su exilio debe entenderse como una exageración de la condición previa, no como un quiebre radical, sino una puesta en evidencia de su doble condición marginal. En este sentido, Ricardo Piglia ha establecido una relación luminosa a partir del ensayo de Borges, “El escritor argentino y la tradición”. En él, Borges señala la capacidad de las culturas marginales, secundarias de un manejo propio de la tradición, nuevas formas de uso de la herencia cultural en tensión con las tradiciones dominantes. En este espacio sitúa la tradición argentina, irlandesa, judía, a las que Piglia suma la literatura polaca, con énfasis en Gombrowicz, quien anota en su “Diario”: “Sería que esa latinidad americana complementaba de algún modo mi polonidad?”"
"La búsqueda identitaria de Gombrowicz se perfila hacia terrenos más profundos que los establecidos occidentalmente. Construye una poética del comenzar que tiene como punto de partida una ruptura con la tradición que lo alberga; una ruptura que bucea en las aguas del autodesnudamiento, en lo informe del individuo reconociendo la ‘inmadurez’ como una condición inherente a él y de la cual debe extraer una teoría sensible del mundo de acuerdo a la cual aún es posible revertir, y no sólo diagnosticar, lo mecánico, lo formado, lo clausurado, en definitiva, lo no libre de nuestro comportamiento. Como señala Juan José Saer, “inmadurez es el rechazo de toda esencia anticipada”, rechazo que surge “cuando se cree ser algo, ser alguien” y “se corre el riesgo, luchando por acomodar lo indistinto del propio ser a una abstracción, de transformarse en arquetipo, en caricatura”. La mirada cáustica de Gombrowicz definía el estado de la Cultura y la Literatura en estos términos, así como la organización social, de la cual sugiere estar planificada como un sistema de explotación de los jóvenes por parte de los adultos. “Opté por huir -señala Gombrowicz- hacia la juventud dando portazos tras de mí. Siempre me había sentido inclinado a buscar en la juventud -la mía o la de otros- un refugio contra la cultura". Esta huida de la Cultura define, por otra parte, la naturaleza primigenia de la inmadurez defendida por Gombrowicz, pues la opone a una ‘inmadurez’ impulsada desde la Industria Cultural; un producto artificial, que busca imponer moldes, esquemas al ímpetu natural del sujeto por alcanzar su identidad en el marco de lo cotidiano. La ‘inmadurez’ de Gombrowicz aparece como una lucha constante del individuo con su propio desarrollo e inserción en lo social, mientras la ‘inmadurez’ mediática es la forma de revestir y positivizar el tránsito de un estadio a otro. Y anota en su “Diario”: “Es un hecho que los hombres están obligados a ocultar su inmadurez, pues a la exteriorización sólo se presta lo que ya está maduro en nosotros. “Ferdydurke” plantea esta pregunta: ¿no veis que vuestra madurez exterior es una ficción y que todo lo que podéis expresar no corresponde a vuestra realidad íntima? Mientras fingen ser maduros viven, en realidad, en un mundo bien distinto. Si no logran juntar de algún modo más estrecho esos dos mundos, la cultura será siempre para vosotros un instrumento de engaño”. Reluce aquí la imperiosa necesidad de comenzar de nuevo por mejores motivos. Esa es la búsqueda que plantea Gombrowicz al apelar a la inmadurez, a lo informe. “Sin el valor de anticipar suposiciones contrafácticas, la humanidad, tanto en sus culturales históricamente centrales, pero también y quizás en mayor medida en las culturas marginales, seguramente hace tiempo ya que habría perecido a manos de las experiencias heredadas, habría sucumbido por tristeza crepuscular, por el veneno cadavérico de la conciencia de los hechos. Los procesos de aprendizaje milenarios de la amargura la habrían cansado incurablemente de la vida. Sin embargo, la propuesta de Gombrowicz tiene un carácter regenerativo, concibiendo nuevas posibilidades de volver atrás las páginas de los capítulos de la Cultura y responder a la insípida tradición con el ímpetu de lo que aún no puede ser contenido en la idea. Dice Gombrowicz: “Ferdydurke” no sólo se ocupa de lo que podríamos llamar la inmadurez natural del hombre, sino, ante todo, de la inmadurez lograda por medios artificiales: es decir, que un hombre empuja al otro a la inmadurez y que también —¡qué raro!— del mismo modo actúa la cultura. Existen muchas razones por las cuales uno tiene interés en que otro caiga en la inmadurez, pero la más importante es nuestro amor por la inmadurez en sí. Ahora, la cultura infantiliza al hombre porque ella tiende a desarrollarse mecánicamente y por lo tanto le supera y se aleja de él”".
Fragmentos de "Exilio e Inmadurez: Doble Quiebre en Witold Gombrowicz"; texto leído en el V Congreso Internacional Chileno de Semiótica; 30 Agosto - 1º Sept., 2007. USACH.
01 agosto 2007
Ravelstein
“Había desenterrado algo que yo había dicho sobre el desencanto moderno. Debajo de las ideas modernas el mundo seguía en el mismo sitio, todavía por descubrir. Y la manera que tenía él de expresarlo era que aquella red grisácea de abstracciones que cubría el mundo con el objetivo de simplificarlo y explicarlo de manera que sirviera a nuestros ojos en el mundo. Nos hacían falta de visiones alternativas, una diversidad de puntos de vista, y con esto se refería a puntos de vista, no a dejarse dominar por ideas. Él lo veía como una cuestión de palabras: “valores”, “estilos de vida”, “relativismo”. Yo estaba de acuerdo con él hasta cierto punto. Nosotros necesitamos saber, pero esos términos no pueden satisfacer nuestra profunda necesidad humana. No podemos salir del pozo de “cultura” y de las “ideas” que supuestamente se utilizaban para expresarlo. Sería de gran ayuda contar con las palabras adecuadas. Y más aún con un don para leer la realidad, el impulso de dirigir tu rostro amoroso hacia ella y de apresarla con las manos.
Saul Bellow
“Ravelstein”
Saul Bellow
“Ravelstein”
26 julio 2007
La seducción
Entusiasmo. ¿Acaso no me entusiasmaba? ¡Oh, claro que sí, qué duda cabe! Yo que ya estaba más allá de la hermosura, excluido de la centelleante red de encanto –yo que no encantaba, yo que nada ganaba, a quien la naturaleza miraba con indiferencia... ah sí, todavía era capaz de entusiasmo, pero también veía claro que mis entusiasmos ya no iban a entusiasmar a nadie... Por ello me arrojaba sobre la vida como un perro apaleado y tiñoso... Pero si en aquella edad se presenta una ocasión de frotarse con la juventud, aunque sea a precio de depravación, y si resulta que la fealdad tiene sus usos, asimilada por la hermosura... ¡Una tentación que barre toda resistencia, irresistible en el sentido más literal! Un entusiasmo sí, incluso una locura taladrante –pero por otra parte... ¡Pero a ver! ¡Un momento! ¡No! ¡Que locura! ¡Cosas así no se hacen! ¡Es demasiado personal! –demasiado privado y peculiar- y sin precendentes! ¡Y adentrarse por aquel demoníaco y extraño camino con él, con un ser que me daba miedo, porque me daba cuenta de que era un extremista, que nos llevaría demasiado lejos!.
Witold Gombrowicz
“Pornografía”
Witold Gombrowicz
“Pornografía”
10 julio 2007
Sobre las frituras
“El olor a fritura parecía llenar su conciencia. Pensó, pero sólo por un instante, que las frituras eran una nueva aberración, como el tramo de carretera con sus tiendas de saldos y sus autocines para mirones. Rápidamente corrigió ese pensamiento casual, pero recordó que las frituras fueron una de las primeras cosas que se han olido en el planeta. Tras el descubrimiento del amor, de la importancia de la caza y de la constancia del sistema solar, vino el olor de la comida frita. Incluso ahora, al final de la cosecha, en los rincones más inaccesibles de los Cárpatos, los pastores bajan de los montes con sus rebaños, en otoño, para oír los violines y los tambores sin encordar de los zínganos, y oler las salchichas girando sobre las brasas de carbón. Las frituras son bárbaras (reniegan de la autoridad) y su magia es la malnutrición, el acné y la vulgaridad. Son indigestas y sumamente olorosas, y pueden ser, si te falla la suerte, lo último que huelas de camino al patíbulo. También son portátiles. Hay que poder comerlas sentado en una montura, o a bordo de una noria de feria, o recorriendo las avenidas y senderos de algún parque de atracciones de pueblo. Hay que poder comerlas con las manos, sacándolas de un cucurucho fabricado con hojas, corteza o piel humana, mientras remas en tu canoa de guerra o marchas hacia el frente. Estaban comiendo frituras cuando hicieron el primer sacrificio humano. Estaban friendo berenjenas en el Coliseo cuando desmembraron al filósofo en la rueda y entregaron el santo a los leones. Estaban comiendo frituras cuando ahorcaron a las brujas, descuartizaron al pretendiente y crucificaron a los ladrones. Las ejecuciones públicas fueron nuestras primeras celebraciones y las frituras son comida de fiesta. También son las comida de los amantes, los jugadores, los viajeros y los nómadas. Al celebrar y enaltecer las frituras, todas las grandes carreteras del mundo mantienen vivos nuestros recuerdos primitivos de cazadores y pescadores errantes, cuando no teníamos historia y teníamos muy poca visión de futuro. Son la comida de los vagabundos espirituales”.
John Cheever
“Esto parece el paraíso”.
John Cheever
“Esto parece el paraíso”.
05 julio 2007
5 tesis de Jim O'Rourke
1. Una buena colección de discos / Escuchar es descubrir.
"Durante mucho tiempo mi colección de discos fue mi segunda familia. Gracias a ella pude captar la inmensidad y la diversidad de las formas musicales -sobre todo las llamadas de vanguardia. Mi placer supremo era descubrir discos que, como los videojuegos en 3D, me introdujeran en nuevos universos -como ese disco de Zappa que mencionaba todas sus influencias y que me llevó a Stravinsky, Ives, Stockhausen... En la biblioteca pública me fascinaban los discos que nunca había sacado nadie -ésa fue la manera en que John Cage entró a mi vida... Ser el único chico que escuchaba eso no me provocaba orgullo ni remordimientos. Lo único que me impulsaba era la curiosidad."
2. Praxis / Escuchar es reflexionar.
"Discos como Remove the Need, Terminal Pharmacy o Rules of Reduction me permitieron dejar atrás algunas obsesiones, romper algunas cosas. Eran a la vez el testimonio de una práctica y de su razón de ser. Desde entonces, este doble acercamiento a las cosas nunca me ha abandonado. Es algo que heredo de mis padres, que siempre me incitaban a reflexionar sobre todo lo que hacía -y por qué y cómo lo hacía... El disco Brise-Glace, por ejemplo, es al mismo tiempo un disco de rock -con la dinámica propia de ese género- y una especie de documental sobre un grupo de rock -con todo un trabajo de producción que cuestionaba y sacudía la expectativa del oyente."
3. Huir del confort / Escuchar es cuestionar cómo escuchamos.
"Mi meta no es, por principio, contrariar los deseos de la gente, sino incitarlos a preguntarse sobre sus motivaciones y sus hábitos de escucha -e introducirlos en el proceso de composición. Personalmente, es lo que me permite mantenerme espontáneo y a la vez ponerme en cuestión, huir del confort: apenas me siento un poco cómodo, siento la necesidad de partir."
4. Signos de interrogación / Escuchar es devenir.
"Es mejor no tratar de imponer nada, ni un dogma ni una verdad, sino más bien ir trazando un camino a fuerza de signos de interrogación. Buscar siempre sabiendo que no hay nada que encontrar... Eso es lo que puede volver nuestros acercamientos musicales tan frágiles y fascinantes. Yo pongo por encima de todo discos como Laughing Stock de Talk Talk o Tilt de Scott Walker: obras dotadas de una inmensa riqueza humana, que a la vez son fascinantes documentos de investigación".
5. El futuro / Coda.
"En un futuro cercano, nada me resultaría más placentero que mezclar a un grupo de rock -un trabajo mucho más difícil y más rico de lo que la gente suele creer."
Jim O'Rourke
[palabras recogidas por Richard Robert]
"Durante mucho tiempo mi colección de discos fue mi segunda familia. Gracias a ella pude captar la inmensidad y la diversidad de las formas musicales -sobre todo las llamadas de vanguardia. Mi placer supremo era descubrir discos que, como los videojuegos en 3D, me introdujeran en nuevos universos -como ese disco de Zappa que mencionaba todas sus influencias y que me llevó a Stravinsky, Ives, Stockhausen... En la biblioteca pública me fascinaban los discos que nunca había sacado nadie -ésa fue la manera en que John Cage entró a mi vida... Ser el único chico que escuchaba eso no me provocaba orgullo ni remordimientos. Lo único que me impulsaba era la curiosidad."
2. Praxis / Escuchar es reflexionar.
"Discos como Remove the Need, Terminal Pharmacy o Rules of Reduction me permitieron dejar atrás algunas obsesiones, romper algunas cosas. Eran a la vez el testimonio de una práctica y de su razón de ser. Desde entonces, este doble acercamiento a las cosas nunca me ha abandonado. Es algo que heredo de mis padres, que siempre me incitaban a reflexionar sobre todo lo que hacía -y por qué y cómo lo hacía... El disco Brise-Glace, por ejemplo, es al mismo tiempo un disco de rock -con la dinámica propia de ese género- y una especie de documental sobre un grupo de rock -con todo un trabajo de producción que cuestionaba y sacudía la expectativa del oyente."
3. Huir del confort / Escuchar es cuestionar cómo escuchamos.
"Mi meta no es, por principio, contrariar los deseos de la gente, sino incitarlos a preguntarse sobre sus motivaciones y sus hábitos de escucha -e introducirlos en el proceso de composición. Personalmente, es lo que me permite mantenerme espontáneo y a la vez ponerme en cuestión, huir del confort: apenas me siento un poco cómodo, siento la necesidad de partir."
4. Signos de interrogación / Escuchar es devenir.
"Es mejor no tratar de imponer nada, ni un dogma ni una verdad, sino más bien ir trazando un camino a fuerza de signos de interrogación. Buscar siempre sabiendo que no hay nada que encontrar... Eso es lo que puede volver nuestros acercamientos musicales tan frágiles y fascinantes. Yo pongo por encima de todo discos como Laughing Stock de Talk Talk o Tilt de Scott Walker: obras dotadas de una inmensa riqueza humana, que a la vez son fascinantes documentos de investigación".
5. El futuro / Coda.
"En un futuro cercano, nada me resultaría más placentero que mezclar a un grupo de rock -un trabajo mucho más difícil y más rico de lo que la gente suele creer."
Jim O'Rourke
[palabras recogidas por Richard Robert]
8
Hace tres veranos, encontré una carta en mi buzón. Venía en un gran sobre blanco y estaba dirigida a alguien cuyo nombre no conocía: Robert M. Morgan, de Seattle, Washington. En la oficina de Correos habían estampado en el anverso del sobre varios sellos: Desconocido, A su procedencia. Habían tachado a pluma el nombre del señor Morgan, y al lado alguien había escrito: No vive en esta dirección. Trazada con la misma tinta azul, una flecha señalaba la esquina superior izquierda del sobre, junto a las palabras Devolver al remitente. Suponiendo que la oficina de Correos había cometido un error, comprobé la esquina superior izquierda para ver quién era el remitente. Allí, para mi absoluta perplejidad, descubrí mi propio nombre y mi propia dirección. No sólo eso, sino que estos datos estaban impresos en una etiqueta de dirección personal (una de esas etiquetas que se pueden encargar en paquetes de doscientas y que se anuncian en las cajas de cerillas). La ortografía de mi nombre era correcta, la dirección era mi dirección, pero el hecho era (y lo sigue siendo) que nunca he tenido ni he encargado en mi vida un paquete de etiquetas con mi dirección impresa.
Dentro del sobre había una carta mecanografiada a un solo espacio que empezaba así: “Querido Robert, en respuesta a tu carta del 15 de julio de 1989 debo decirte que, como otros autores, a menudo recibo cartas sobre mi obra.” Luego, en un estilo rimbombante y pretencioso, plagado de citas de filósofos franceses y rebosante de vanidad y autosatisfacción, el autor de la carta elogiaba a “Robert” por las ideas que había desarrollado sobre uno de mis libros en un curso universitario sobre novela contemporánea. Era una carta despreciable, la clase de carta que jamás se me hubiera ocurrido escribirle a nadie, y, sin embargo, estaba firmada con mi nombre. La letra no se parecía a la mía, pero eso no me consolaba. Alguien estaba intentando hacerse pasar por mi, y, por lo que sé, lo sigue intentando.
Un amigo me sugirió que era un ejemplo de “arte por correo”. Sabiendo que la carta no podía llegarle a Robert Morgan (puesto que tal persona no existe), en realidad el autor de la carta me estaba enviando a mí sus comentarios. Pero esto hubiera implicado una confianza injustificada en el servicio de correos de Estados Unidos, y dudo que alguien que se ha dado el trabajo de encargar en mi nombre etiquetas de dirección y de ponerse a escribir una carta tan arrogante y altisonante pudiera dejar algo al azar. ¿O sí? Quizá los perversos listillos de este mundo creen que todo saldrá siempre como ellos quieren.
Tengo pocas esperanzas de resolver algún día este pequeño misterio. El bromista ha borrado hábilmente sus huellas, y no ha vuelto a dar señales de vida. Lo que no acabo de entender de mi propia actitud es que nunca he tirado la carta, aunque sigue dándome escalofríos cada vez que la miro. Un hombre sensato la habría tirado a la basura. En vez de eso, por razones que no comprendo, la conservo en mi mesa de trabajo desde hace tres años, y he dejado que se convirtiera en un objeto más, permanente, entre mis plumas, cuadernos y gomas de borrar. Quizá la conservo como un monumento a mi propia locura. Quizá sea el medio de recordarme que no sé nada, que el mundo en el que vivo no dejará nunca de escapárseme.
Paul Auster
“El cuaderno rojo”
Dentro del sobre había una carta mecanografiada a un solo espacio que empezaba así: “Querido Robert, en respuesta a tu carta del 15 de julio de 1989 debo decirte que, como otros autores, a menudo recibo cartas sobre mi obra.” Luego, en un estilo rimbombante y pretencioso, plagado de citas de filósofos franceses y rebosante de vanidad y autosatisfacción, el autor de la carta elogiaba a “Robert” por las ideas que había desarrollado sobre uno de mis libros en un curso universitario sobre novela contemporánea. Era una carta despreciable, la clase de carta que jamás se me hubiera ocurrido escribirle a nadie, y, sin embargo, estaba firmada con mi nombre. La letra no se parecía a la mía, pero eso no me consolaba. Alguien estaba intentando hacerse pasar por mi, y, por lo que sé, lo sigue intentando.
Un amigo me sugirió que era un ejemplo de “arte por correo”. Sabiendo que la carta no podía llegarle a Robert Morgan (puesto que tal persona no existe), en realidad el autor de la carta me estaba enviando a mí sus comentarios. Pero esto hubiera implicado una confianza injustificada en el servicio de correos de Estados Unidos, y dudo que alguien que se ha dado el trabajo de encargar en mi nombre etiquetas de dirección y de ponerse a escribir una carta tan arrogante y altisonante pudiera dejar algo al azar. ¿O sí? Quizá los perversos listillos de este mundo creen que todo saldrá siempre como ellos quieren.
Tengo pocas esperanzas de resolver algún día este pequeño misterio. El bromista ha borrado hábilmente sus huellas, y no ha vuelto a dar señales de vida. Lo que no acabo de entender de mi propia actitud es que nunca he tirado la carta, aunque sigue dándome escalofríos cada vez que la miro. Un hombre sensato la habría tirado a la basura. En vez de eso, por razones que no comprendo, la conservo en mi mesa de trabajo desde hace tres años, y he dejado que se convirtiera en un objeto más, permanente, entre mis plumas, cuadernos y gomas de borrar. Quizá la conservo como un monumento a mi propia locura. Quizá sea el medio de recordarme que no sé nada, que el mundo en el que vivo no dejará nunca de escapárseme.
Paul Auster
“El cuaderno rojo”
La niña que no tuve
A los ocho años, había sido condenada a muerte. Una extraña enfermedad, cuyo nombre no quiero repetir, la disolvería en menos de ciento veinte días, según varios doctores. El médico que me dio las malas nuevas lo hizo cuan humanamente pudo, pero eso no bastó. Tuvo que ser cruel, con la crueldad particular que se desarrolla en esa profesión. Le pedí que describiera las etapas de la enfermedad, y él precisó punto por punto -``con un margen de dos o tres semanas''- la descomposición de mi niña. Como, terminada la descripción, él añadió: ``Me temo que no hay nada más que nosotros podamos hacer'', le dije que si lo que aseguraba no era cierto, yo lo maldecía.
Llegué a casa con pensamientos fúnebres mezclados con accesos de esperanza: pero la niña estaba tendida en su camita, pálida y temblorosa, pues era la hora de los ataques.
La niñera salió del cuarto en silencio, y yo me arrodillé al lado de la niña.
-¿Cómo te sientes? -le pregunté, y le besé la frente.
-Mal -dijo, y agregó-: Voy a morirme, ¿verdad?
Por un descuido mío, una semana antes ella había leído una carta del doctor acerca de la posibilidad de su muerte.
-No creo -le dije. De niño yo también estuve muy enfermo varias veces y sobreviví.
-Yo también quiero sobrevivir -dijo con una seriedad conmovedora. Pero papi, si voy a morirme, si los doctores piensan que me voy a morir, dímelo, no me engañes.
Me miraba fija, intensamente, y no pude mentir.
-Según el doctor que ha estado viéndote, podrías morirte dentro de cuatro meses. Pero yo no le creo.
-¿Cuatro meses? -se puso a contar, primero mentalmente y luego, para asegurarse, con los dedos. Eso sería en febrero.
Asentí con la cabeza. Tomé su mano, sudorosa, y la apreté. Y ella se quedó dormida, o, con su delicadeza de pequeña, fingió que se dormía.
Al día siguiente me levanté temprano, le hice el desayuno y le preparé el baño. Por la mañana, parecía una niña sana, y por un momento olvidé que había sido condenada. Salí de compras. Era una esplendorosa mañana de noviembre, de modo que al volver a casa, le propuse que saliéramos a pasear después de comer.
-¿Adónde quieres ir? -me preguntó.
-A donde tú quieras.
Dijo inmediatamente:
-A un lugar al que nunca hayamos ido.
Eran tantos los lugares a los que no habíamos ido, pensé. Había sido un error que yo la concibiera, yo, que siempre tuve miedo a la descendencia. Pero no me opuse a los deseos de su madre con suficiente determinación, y la niña nació. Su madre me abandonó hace tres años, y aquí estamos.
Cuando salíamos, al cruzar la doble puerta del vestíbulo, un hombre alto y pálido que aguardaba la ocasión, se introdujo furtivamente en el corredor.
-Un drogadicto -dijo ella, y el hombre pudo oírla.
-Tal vez -dije.
En la calle, me recriminó:
-Claro que era un drogadicto. Por qué dices tal vez.
-Tal vez te oyó.
-Y qué, es la verdad.
-A la gente no le gusta oír lo que uno piensa de ella.
Me miró, entre decepcionada y comprensiva, y dijo:
-Supongo que no.
En la esquina del Bowery y la octava, me tiró de la mano.
-¿Por qué no vamos a Times Square?
Tomamos el subterráneo en Astor Place, con su telón de fondo kitsch. Abajo, en el andén, una bandada de poetas daba un tono intelectual y hasta elegante a ese agujero del grand gruyre. La cosa sería evacuar la ciudad, demolerla por completo de una sola vez, darle la espalda al sitio y reintegrarse a la realidad.
Subimos al tren, ingresamos en el túnel. El carro dio un bandazo, y los pasajeros que estaban de pie fueron lanzados unos contra otros, pero los cuerpos con caras grises se mantuvieron de pie, con un movimiento pendular, como si colgaran de sus ganchos en un matadero prolongado. Cadáveres de todas las edades.
El cemento era tan duro en la Calle 42 y el aire helado hería de la misma manera que diez años atrás, cuando caminé por primera vez en esta ciudad, pero el lugar había cambiado.
En la antesala de la muerte, hubiera sido de esperar que cada quien buscara el placer del prójimo como el suyo propio, pero suele ocurrir lo contrario. Así, en lugar de un jardín de las delicias de fin de siglo, la ciudad era una morgue suprema.
Dimos una vuelta por Times Square. Y así, entre aquel torbellino de gente muerta y un ejército de criaturas de Walt Disney, perdimos una de las ciento veinte tardes que le quedaban a mi niña.
Volvimos a casa decaídos al atardecer. Llegué al séptimo como siempre, sin aliento. Las luces de un pequeño rascacielos entraban, en lugar de la luz de las primeras estrellas, por un ventanastro en el otro extremo de nuestro apartamento. Me acerqué a la ventana. Era como arena erizada al lomo de un imán, aquel paisaje.
Preparamos juntos la comida y cuando nos sentamos a comer ella me dijo:
-Perdimos el tiempo esta tarde. Debí quedarme leyendo o estudiando. No tengo tiempo que perder.
-Pero linda, hacía un día hermoso.
-Sí, lo sé. Sé que tratas de hacerme feliz porque tengo poco tiempo. Pero no trates demasiado, ¿está bien?
Me quedé callado un momento, mientras ella miraba por la ventana el pequeño rascacielos.
-Claro, preciosa -dije después. -Perdona, pero nadie es perfecto. -Me encogí de hombros, y creo que, si hubiera tenido rabo, lo habría escondido entre las piernas.
Ella cerró los ojos, y luego me miró de una manera extraña. Me atemorizó.
-Papi -me dijo-, antes de morirme, quiero saber lo que es el sexo.
Levanté las cejas y tragué saliva y se me cortó la respiración. Habría oído algo en la escuela, pensé, era lo natural. Me pregunté fugazmente si no habría fantasmas pornográficos flotando todavía por la Calle 42. Recordé al ratón Mickey, a Pluto, a Clarabela.
-Sí, mi niña -dije con una sonrisa confundida-, un día de éstos te lo explicaré.
-¿Me lo prometes?
Asentí con la cabeza.
-No -insistió-, quiero que lo digas.
Dije que se lo explicaría. Miré el reloj que estaba sobre el televisor.
-¿Cuándo? -preguntó.
-Ya son la siete, cómo corre el tiempo -le dije. -Desde luego, hoy no.
Hizo una mueca.
-Sí -dijo-, ya lo sé, comienzo a sentir los temblores.
La acompañé a su cuarto, le puse el pijama y la acosté. Le di a tomar sus medicinas: tantas gotas de esto, tantas de aquello, tantas de lo otro.
-La luz -dijo.
Apagué la luz, y nos quedamos juntos en la penumbra esperando los ataques.
Rodrigo Rey Rosa
“Ningún lugar sagrado”
Llegué a casa con pensamientos fúnebres mezclados con accesos de esperanza: pero la niña estaba tendida en su camita, pálida y temblorosa, pues era la hora de los ataques.
La niñera salió del cuarto en silencio, y yo me arrodillé al lado de la niña.
-¿Cómo te sientes? -le pregunté, y le besé la frente.
-Mal -dijo, y agregó-: Voy a morirme, ¿verdad?
Por un descuido mío, una semana antes ella había leído una carta del doctor acerca de la posibilidad de su muerte.
-No creo -le dije. De niño yo también estuve muy enfermo varias veces y sobreviví.
-Yo también quiero sobrevivir -dijo con una seriedad conmovedora. Pero papi, si voy a morirme, si los doctores piensan que me voy a morir, dímelo, no me engañes.
Me miraba fija, intensamente, y no pude mentir.
-Según el doctor que ha estado viéndote, podrías morirte dentro de cuatro meses. Pero yo no le creo.
-¿Cuatro meses? -se puso a contar, primero mentalmente y luego, para asegurarse, con los dedos. Eso sería en febrero.
Asentí con la cabeza. Tomé su mano, sudorosa, y la apreté. Y ella se quedó dormida, o, con su delicadeza de pequeña, fingió que se dormía.
Al día siguiente me levanté temprano, le hice el desayuno y le preparé el baño. Por la mañana, parecía una niña sana, y por un momento olvidé que había sido condenada. Salí de compras. Era una esplendorosa mañana de noviembre, de modo que al volver a casa, le propuse que saliéramos a pasear después de comer.
-¿Adónde quieres ir? -me preguntó.
-A donde tú quieras.
Dijo inmediatamente:
-A un lugar al que nunca hayamos ido.
Eran tantos los lugares a los que no habíamos ido, pensé. Había sido un error que yo la concibiera, yo, que siempre tuve miedo a la descendencia. Pero no me opuse a los deseos de su madre con suficiente determinación, y la niña nació. Su madre me abandonó hace tres años, y aquí estamos.
Cuando salíamos, al cruzar la doble puerta del vestíbulo, un hombre alto y pálido que aguardaba la ocasión, se introdujo furtivamente en el corredor.
-Un drogadicto -dijo ella, y el hombre pudo oírla.
-Tal vez -dije.
En la calle, me recriminó:
-Claro que era un drogadicto. Por qué dices tal vez.
-Tal vez te oyó.
-Y qué, es la verdad.
-A la gente no le gusta oír lo que uno piensa de ella.
Me miró, entre decepcionada y comprensiva, y dijo:
-Supongo que no.
En la esquina del Bowery y la octava, me tiró de la mano.
-¿Por qué no vamos a Times Square?
Tomamos el subterráneo en Astor Place, con su telón de fondo kitsch. Abajo, en el andén, una bandada de poetas daba un tono intelectual y hasta elegante a ese agujero del grand gruyre. La cosa sería evacuar la ciudad, demolerla por completo de una sola vez, darle la espalda al sitio y reintegrarse a la realidad.
Subimos al tren, ingresamos en el túnel. El carro dio un bandazo, y los pasajeros que estaban de pie fueron lanzados unos contra otros, pero los cuerpos con caras grises se mantuvieron de pie, con un movimiento pendular, como si colgaran de sus ganchos en un matadero prolongado. Cadáveres de todas las edades.
El cemento era tan duro en la Calle 42 y el aire helado hería de la misma manera que diez años atrás, cuando caminé por primera vez en esta ciudad, pero el lugar había cambiado.
En la antesala de la muerte, hubiera sido de esperar que cada quien buscara el placer del prójimo como el suyo propio, pero suele ocurrir lo contrario. Así, en lugar de un jardín de las delicias de fin de siglo, la ciudad era una morgue suprema.
Dimos una vuelta por Times Square. Y así, entre aquel torbellino de gente muerta y un ejército de criaturas de Walt Disney, perdimos una de las ciento veinte tardes que le quedaban a mi niña.
Volvimos a casa decaídos al atardecer. Llegué al séptimo como siempre, sin aliento. Las luces de un pequeño rascacielos entraban, en lugar de la luz de las primeras estrellas, por un ventanastro en el otro extremo de nuestro apartamento. Me acerqué a la ventana. Era como arena erizada al lomo de un imán, aquel paisaje.
Preparamos juntos la comida y cuando nos sentamos a comer ella me dijo:
-Perdimos el tiempo esta tarde. Debí quedarme leyendo o estudiando. No tengo tiempo que perder.
-Pero linda, hacía un día hermoso.
-Sí, lo sé. Sé que tratas de hacerme feliz porque tengo poco tiempo. Pero no trates demasiado, ¿está bien?
Me quedé callado un momento, mientras ella miraba por la ventana el pequeño rascacielos.
-Claro, preciosa -dije después. -Perdona, pero nadie es perfecto. -Me encogí de hombros, y creo que, si hubiera tenido rabo, lo habría escondido entre las piernas.
Ella cerró los ojos, y luego me miró de una manera extraña. Me atemorizó.
-Papi -me dijo-, antes de morirme, quiero saber lo que es el sexo.
Levanté las cejas y tragué saliva y se me cortó la respiración. Habría oído algo en la escuela, pensé, era lo natural. Me pregunté fugazmente si no habría fantasmas pornográficos flotando todavía por la Calle 42. Recordé al ratón Mickey, a Pluto, a Clarabela.
-Sí, mi niña -dije con una sonrisa confundida-, un día de éstos te lo explicaré.
-¿Me lo prometes?
Asentí con la cabeza.
-No -insistió-, quiero que lo digas.
Dije que se lo explicaría. Miré el reloj que estaba sobre el televisor.
-¿Cuándo? -preguntó.
-Ya son la siete, cómo corre el tiempo -le dije. -Desde luego, hoy no.
Hizo una mueca.
-Sí -dijo-, ya lo sé, comienzo a sentir los temblores.
La acompañé a su cuarto, le puse el pijama y la acosté. Le di a tomar sus medicinas: tantas gotas de esto, tantas de aquello, tantas de lo otro.
-La luz -dijo.
Apagué la luz, y nos quedamos juntos en la penumbra esperando los ataques.
Rodrigo Rey Rosa
“Ningún lugar sagrado”
26 junio 2007
Sobre el exilio y la marginalidad
"Una de las cosas positivas del exilio y la marginalidad es, naturalmente, el placer de sorprenderse, de no dar nunca nada por asegurado, de aprender a conformarse en circunstancias de precaria inestabilidad que podrían confundir o aterrorizar a la mayoría de las personas. Una vida intelectual gira fundamentalmente en torno al conocimiento y la libertad. Sin embargo, estos valores adquieren significado no como abstracciones –como en el enunciado más bien banal “tienes que adquirir una buena educación para que puedas disfrutar de una buena vida”- sino como experiencias a las que uno ha sobrevivido de hecho. Un intelectual es como un naufrago que aprende a vivir en cierto sentido con la tierra firme, no sobre ella, no como Robinson Crusoe, cuya meta es colonizar su pequeña isla, sino más bien como Marco Polo, cuyo sentido de lo maravilloso nunca le abandona y es siempre un viajero, un huésped provisional, no un aprovechado, conquistador o invasor".
Edward Said
"Representaciones del Intelectual"
Edward Said
"Representaciones del Intelectual"
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